crónica

ensayo  

Carlos Monsiváis  

La respuesta civil, legal y heroica

(Crónica de 1968-II)

 
Foto: Historia GrĚfica
del PRI, 1929-1991
 

Los antecedentes del movimiento estudiantil

En 1968 una de las plazas fuertes de la izquierda partidaria (Partido Comunista Mexicano y grupúsculos) es la UNAM, y más específicamente Ciudad Universitaria. Numéricamente no son de consideración, pero en el páramo de las organizaciones estudiantiles resultan los únicos con campañas definidas, la sombra de un proyecto y un discurso articulado pese a todo. Al discurso lo arman lugares comunes de una ortodoxia primaria y visiones presurosas y un tanto patéticas del Estado y la burguesía, pero eso no importa demasiado, porque lo opuesto es el alegato priísta, ya sólo dedicado a emitir vaguedades sonoras y a prometer ascensos individuales. No en balde de 1929 en adelante, el destino de las causas estudiantiles ha sido renovar las dirigencias gubernamentales, por lo menos en la parte operativa. "Quien no es radical en su juventud, no sabrá bien cómo reprimir a los radicales en su madurez", es la máxima no escrita que norma la "política estudiantil".

En 1958, el movimiento en contra del alza de las tarifas camioneras termina entre vítores al presidente Adolfo Ruiz Cortines; en los 60, a las movilizaciones en favor del castrismo o en contra del imperialismo yanqui, se les vigila y combate con técnicas de la guerra fría y del priísmo granaderil; en 1966, un grupo de estudiantes de la Facultad de Derecho, instigados por el gobierno, se lanza contra el rector Ignacio Chávez, toma la rectoría, somete al doctor Chávez a un trato inicuo y pontifica tonterías a nombre de "la educación popular". En esa huelga se modifican las organizaciones estudiantiles. A la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), un campo de entrenamiento para priístas menores y zánganos de compañía, que ya no funciona ni mínimamente, la sucede el sistema de los Comités de Lucha, más acorde, al menos en el nombre, con el auge impresionante del marxismo y los dogmas de la izquierda latinoamericana. Y el porrismo, el caudal de golpeadores dedicados a liquidar toda disidencia a punta de chacos y cadenas, languidece porque no tiene a quién amenazar o enviar a la sala de urgencias. Así de pacificada se ve la UNAM.

A la izquierda estudiantil la mueve el compromiso con la Historia, lo que visto desde fuera no quiere decir nada, y ya de cerca se traduce en el enredijo de los deseos altruistas de modificar el Sistema (entonces con las mayúsculas de la fortaleza invencible). El bagaje de los izquierdistas no es para intranquilizar a oligarquía alguna: seminarios de estudios de marxismo, rudimentos de Historia de México con especialización en la etapa 1910-1940, fe en la revolución porque es tan necesaria como imposible, uso de asambleas estudiantiles y reuniones de célula o de grupo como "Talleres de militancia", donde el rollo no viene a ser sino un método de autopersuación: "De tanto repetirlas, ya sé cuáles son mis convicciones". Hay generosidad y voluntad de entrega; hay también intolerancia, sectarismo, impaciencia histórica (o como se le diga a la certeza de que no soportarán cinco años más haciendo y diciendo lo mismo).

El Partido Comunista en 1968 es una organización profesionalizada en la reducción continua de sus posibilidades. Siempre mantiene una presencia en algunas escuelas y facultades; jamás garantiza la continuidad de su influencia. Por lo menos la mitad de sus militantes viene de provincia, y el común denominador es la sensación de apartarse de la normalidad para retornar a ella con saberes fundamentales. Por supuesto, la actitud no es deliberada, ni los cuadros del partido se sienten de paso en la organización, pero en la práctica no existen las perspectivas de largo plazo. No que nadie lo espere: el país no se toma muy en serio a la izquierda, considerada no tanto opción ideológica sino rito de tránsito que evocarán con cierto gusto los poseídos por "la conciencia social". Unos cuantos perseveran en la militancia, y lo típico de la izquierda es su incapacidad retentiva. Easy comes, easy goes. Ingresan al organismo, se enardecen, califican con ferocidad a reformistas y socialtraidores, exprimen hasta el alba las probabilidades de reavivar la lucha de clasesÍ y se van alejando para añadirse al ritmo de las instituciones.

La izquierda, proveedora de dirigentes del PRI. °En qué otro espacio ideológico se aprende a leer la plataforma doctrinaria de los adversarios, en dónde más se estudian los golpes demoledores de la retórica y la enunciación de las preocupaciones nacionales? El PRI no es formativo en el sentido de manejo discursivo, y quienes allí se inician siguen diciendo lo mismo 30 años después (un priísta histórico es, como se quiera, un vacío argumental orgánico). Al priísta Guillermo Martínez Domínguez se le atribuye la frase: "El gobierno no necesita escuela de cuadros. Ya la tiene: es el Partido Comunista". Y la única victoria de la izquierda partidaria sobre el Sistema, que generación tras generación le arrebata a sus jóvenes guerreros, es el sentimiento de culpa que les infunde. "Váyanse, porque aquí nunca tendrán oportunidades, pero recuerden que han traicionado a la revolución". Y a lo largo de los años, la deserción se paga exacerbando en la mayoría de "los desertores" el espíritu autodestructivo, la impresión de haber canjeado la utopía por el plato de lentejas de un puesto o de un puestazo, la evocación lacrimosa cuando al fin de la reunión que prepara el acto priísta, y ya en la ronda de los tragos, se canta "La Internacional" desde el fondo del remordimiento. De allí el éxito perdurable del poema de José Emilio Pacheco:

 

"Antiguos compañeros se reúnen":
Ya somos todo aquello
contra lo que luchamos
a los veinte años.

 

La izquierda social:
Cultura y contracultura

Al lado de las obsesiones partidarias y de la angustia porque no cuaja la vanguardia de la clase obrera, otra izquierda aparece, teñida de marxismo y confianza en los milagros de la revolución, pero ya muy distante de la verbomanía de los "Martillos Teóricos", la noción compulsiva de militancia y el nacionalismo tradicional de los comunistas, que todavía le confían a los corridos la insurrección sentimental, y se tonifican al entonar sus cantos revolucionarios:

 

Señores, a orgullo tengo
de ser antiimperialista,
y militar en las filas
del Partido Comunista,
y militar en las filas
del Partido Comunista.

(Con música del corrido
"La cárcel de Cananea")

 

Una generalización necesaria: la nueva izquierda (use o no tal acta bautismal) oye con fervor a los Beatles y los Rolling Stones, admira la cultura anglosajona, elige divisas inesperadas ("I canÝt get no satisfaction, but IÝll try" / "The answer, my friend, is blowing in the wind" / "Come together"), fuma mariguana para abrirse las "puertas de la percepción", y lee con devoción Cien años de soledad, Rayuela, La ciudad y los perros, El Aleph, Junta cadáveres, la poesía de Octavio Paz, Ernesto Cardenal, Lorca, Cernuda. También, y devotamente, se adhiere a las tesis del cine de autor y extrae lecciones existenciales y culturales de las películas de Fellini, la Nouvelle Vague, el Godard de Sin aliento, el Truffaut de Los cuatrocientos golpes, Antonioni, Visconti, Hitchcock, John Huston, Orson Welles. Del rock, la novela, la poesía y el cine de arte (o el cine revalorado como de arte), se desprenden actitudes, nuevos métodos de crítica y de renuncia a lo establecido, pasión por la juventud como edad analítica y crítica, odio a la solemnidad, y burla incesante de los valores consagrados por sus antecesores. Antes del 68 ya está en marcha una revolución cultural, no por inadvertida menos vibrante.

 
Foto: El Pa╠s Semanal 

En esta izquierda social, la americanización también se manifiesta como interés por la contracultura, ese alud contestatario de la Norteamérica de los 60 que el rock y el rechazo a la guerra de Vietnam encienden. Lo más radical de la contracultura (el feminismo, los movimientos de liberación sexual) tarda en implantarse en México, pero ya en 1968 circulan el mito y las realidades del drop-out, del que "rompe con el Sistema". No se advierte entonces, pero es muy poderoso el aporte de la izquierda social al 68: le concede su aire festivo, elimina o neutraliza la mayoría de las fatuidades nacionalistas, aísla al sectarismo en los momentos del auge (durante el reflujo el sectarismo es omnímodo), y anticipa a la vertiente más fructífera del Movimiento, al admirar el Mayo francés, un enigma para la izquierda partidaria, aún persuadida de las bondades de la Unión Soviética, deslumbrada por el autoritarismo de Fidel Castro, y no muy capaz de entender las exhortaciones de los graffiti parisinos: "La imaginación al poder. Mientras más hago la revolución más ganas tengo de hacer el amor; mientras más hago la revolución, más ganas tengo de hacer el amor / Debajo de los adoquines están las playas / Inventad nuevas perversiones sexuales / Ceder un poco es capitular demasiado / Tomemos en serio la Revolución, pero no nos tomemos en serio / Tenemos una izquierda prehistórica / Lo sagrado, he allí el enemigo / Seamos realistas, demandemos lo imposible".

La explosión de jóvenes que quieren asimilar al mismo tiempo a Lenin, Rimbaud, Groucho Marx, Mao y los surrealistas, engendra forzosamente una retórica y una técnica mecanizada de creación de frases y modelaje de actitudes. Pero la innovación es extraordinaria, así sea irrepetible. Y sin el Mayo francés y sin las tensiones entre izquierda tradicional y contracultura, el 68 mexicano no alcanza con tal rapidez su dimensión utópica.

 

Al filo del agua

En 1968 no se percibe en México el culto a la lucha armada, inhibido por la omnipresencia del PRI y la cultura de la revolución mexicana. Cierto, hay vislumbres, y en 1967, al ser asesinado el Che Guevara en Bolivia, unos cuantos radicales, en protesta, dejan en la embajada de Bolivia una bomba que le estalla a un técnico de la Procuraduría General de la República, que pierde una mano. Y de la pequeñísima organización guerrillera nada se sabe entonces. Más bien, predomina un anhelo de vida democrática que no se atreve a usar este término por considerarlo "reformista". Y los militantes se enfrentan a una situación al parecer inamovible. Por lo común, los estudiantes leen poco (si es que algo), se someten a una televisión controlada al máximo, descreen del régimen pero no conciben siquiera las alternativas. De acuerdo con los Poseedores de Conciencia, el panorama es dramático, filas interminables de seres que ˇla metáfora debía ser casi dantescaˇ se arrojan al abismo de la resignación. Y todo corrobora la alucinación burocrática apocalíptica. Recuerdo uno de mis "hallazgos simbólicos" de entonces, al que le atribuía la significación de que por supuesto carecía. Un poema proletario de los años 30 asegura doliente:

Las revoluciones vienen,
Las revoluciones van,
Y los indios nunca tienen
Pan.

 

Y en algún sitio descubro, o creo descubrir, su versión contemporánea:

Brassieres vienen,
brassieres van,
pero todas prefieren
Peter Pan.

 

Según decidí en este tiempo, en eso acaba la disidencia, en la reconversión publicitaria (me confundí, lo cierto es que en eso suelen acabar la parte más histérica de la disidencia, y algunos eslogans de la protesta. Hace unas horas contemplé un anuncio espectacular: "Se ve, se siente, Bacardí está presente"). Pero innegablemente, a principios de julio de 1968 todo actúa en favor del inmovilismo, y les cuesta a los activistas divulgar la existencia de presos políticos. °Qué es un preso político en un país donde la política está monopolizada por el Presidente de la República y su corte?, es la pregunta que no necesita verbalizarse. El gobierno es invencible, el PRI es ubicuo ("Es la segunda naturaleza del mexicano", se repite de distintas maneras), y el Presidente de la República es la entidad intocable, la montaña sagrada.

 
Foto: H╚ctor Garc╠a
Carlos MonsivĚis, aĎos ha
 

El 22 de julio hay un pleito en la Ciudadela entre dos pandillas delincuenciales, "Los araños" y "Los ciudadelos". Al día siguiente, las pandillas y estudiantes de las vocacionales 2 y 5 atacan la Preparatoria Isaac Ochoterena. Los jóvenes regresan a sus escuelas y aparecen granaderos que los provocan. Los estudiantes les arrojan piedras. Más de 200 policías intervienen y allanan el edificio de la Vocacional 5. La trifulca dura cerca de tres horas, hay gases lacrimógenos, garrotes, palos, muchos golpeados, 20 detenidos. La dirección de la Vocacional 5 afirma:

 

Al retirarse los estudiantes se refugiaron en la Vocacional 5. Poco después, los granaderos irrumpen en el edificio golpeando a los jóvenes, hombres y mujeres indistintamente, pero fueron rechazados por todo el alumnado.

Los transeúntes exigían a los enfurecidos granaderos que no agredieran a los estudiantes, a lo que ellos respondieron con improperios y nuevos ataques (El Universal, 24 de julio de 1968).

 

La impunidad, como de costumbre. Al intensificarse el conflicto, las autoridades del IPN retroceden un tanto y se limitan a "lamentar los acontecimientos", y la Federación Nacional de Estudiantes Politécnicos (FNET), muy parecida a la FEU, oscila entre la bravata y la aceptación rauda de las disculpas jamás entregadas por la policía. Y el 26 de julio en la tarde coinciden la protesta y la conmemoración. La Confederación Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), de filiación comunista, organiza la celebración anual del asalto al Cuartel Moncada en 1953 que originó al castrismo, y los estudiantes del Poli marchan al Zócalo a denunciar los atropellos. A la salida de Bellas Artes, donde escuché al Coro Mormón, me encuentro con los homenajedores y los sigo al Hemiciclo a Juárez, donde emiten consignas ya un tanto institucionales ("Fidel, / Fidel, / °qué tiene Fidel? / que los americanos no pueden con él"). Padezco un par de intervenciones, sólo para singularizarme porque nadie atiende a los oradores que vierten el habitual incienso revolucionario. Del otro lado de la Alameda se oyen los gritos, bastante más enérgicos, de los politécnicos.

De pronto, una explosión de salvajismo que no parece venir de parte alguna. Cinco o seis núcleos de atención, jóvenes de aspecto profesionalmente fiero (no les tengo la suficiente confianza como para llamarlos porros), y hombres con apariencia cuantiosa de agentes judiciales lanzan piedras contra los aparadores de Avenida Juárez, insultan a los paseantes, persiguen a los jóvenes. En la Avenida San Juan de Letrán hay retenes policiacos. No es difícil pasar sin embargo, pero la Avenida Madero es otro escenario de pesadilla. Comercios y joyerías asaltados, golpizas, agentes que se ríen como festejando una proeza, la de probar con sus instrumentos de trabajo la fragilidad de los cuerpos ajenos. Aturden las sirenas de las ambulancias, los gritos de heridos y vapuleados, las amenazas policiacas. Alguien me dice que en 5 de Mayo la situación está peor. Quienes pueden huyen hacia el Zócalo. Los agentes se multiplican. No hay a la vista quién intente el orden ni se da explicación alguna. °Para qué? Al llegar al Zócalo, me acuerdo de la novela de Balzac que dejé pendiente y me retiro (o una coartada semejante).

Al día siguiente, los periódicos y los amigos me enteran del resto. Al salir de un festival, a los estudiantes de las preparatorias 2 y 3 se les somete a la furia policiaca. Se les hace retroceder a los edificios universitarios, y para protegerse improvisan barricadas con camionesÍ El pleito dura cerca de cuatro horas. Hay detenidosÍ Al principio no capto la estrategia gubernamental. °Para qué inventar el conflicto, para qué tal saña, tal empecinamiento represivo? Meses más tarde me inclino por la explicación obvia: se procede así para liquidar el complot en su cuna y para rendir tributo a una Selffulfilled prophesy. Si se insiste tanto en el complot, a lo que emerja así se le va a llamar. A Díaz Ordaz, convencido de los puñales en la sombra, el secretario de Gobernación Luis Echeverría lo subsidia con información que dibuja detalladamente la fantasía conspirativa. Y una fecha conveniente para que "la hidra de la subversión" se presente en sociedad es el 26 de julio, distante de los Juegos Olímpicos, y lo suficientemente simbólica para justificar el aplastamiento de los rebeldes. Luego se ofrecerán explicaciones vagas y hasta allí.

Lo inesperado es la respuesta estudiantil que se enfrenta a la ola policiaca. Con las piedras y los objetos que el caos suministra, estos adolescentes y jóvenes hacen retroceder a sus verdugos. En rigor, esta decisión de no dejarse del oprobio a nombre de la ley crea, desde la perspectiva estudiantil, el Movimiento. Ahora, cuando la memoria, y por razones entendibles, gira en torno del 2 de octubre, se ha borrado ese momento vertiginoso del 26 de julio, pero si Díaz Ordaz, al soñar con la conjura, precipita la resistencia, los estudiantes de las preparatorias, al resistir, precipitan la toma de conciencia.

El 27 de julio escribo un artículo que publico días después, en el número 340 de "La cultura en México", de Siempre!, que entonces coordino junto al extraordinario artista y diseñador Vicente Rojo (Fernando Benítez está en la sierra, preparando otro de sus grandes reportajes sobre los indios, y José Emilio Pacheco da clases en la Universidad de Essex). Reproduzco parte de aquel texto, sin responsabilizarme en demasía por su tono enfático:

 

La represión como ideología

Y entonces adivino el hecho nuevo, la característica que modificó el esquema de siempre, de seres golpeados y protestas verbales abundantes que se van disolviendo en una memoria pública que padece de la amnesia que inevitablemente engendra toda despolitización. Los estudiantes, los jóvenes de las Vocacionales y las Preparatorias, esos seres "ya maduros a los 18 años" de los días anteriores, que habían visto en unos cuantos minutos transformarse la adulación en odio, decidieron llegado el momento de la legalidad, y crearon una de las más hermosas y estimulantes imágenes del México de los 60: un grupo de jóvenes prácticamente desarmados (correspondería a la prensa la tarea de dotarlos de un prodigioso arsenal, a nivel del Pentágono), se enfrentaron a una injusticia descarnada y atroz y, aquí sí, reivindicaron el derecho a sostener la tradición revolucionaria de México.

Los periódicos, a través de sus dicterios o sus inútiles y fariseicos llamados a la cordura, han insistido en la falta de banderas, en la ausencia de consignas, en lo fonomímico del movimiento: como siempre, sólo reiteran que en su caso, la carencia de sintaxis se relaciona con la carencia de todo lo demás. El movimiento estudiantil ha tenido la más noble bandera posible: el derecho legal de los mexicanos a no padecer oprobiosamente la violación, por parte de las autoridades, de la legalidad en la República. Ha correspondido a esos mismos órganos que encomian y enaltecen la represión, la (suponemos bien retribuida) de ir otorgándole adjetivos denigratorios a ese afán, a esa lucha civil, legal y heroica de los estudiantes. La imaginación reaccionaria ha ido agregando robos (cuando se sabe perfectamente que el saqueo cometido corría a cargo de hampones notorios, sin contacto alguno con los estudiantes), estupros, violencias macabras contra ciudadanos pacíficos y desmanes sarracenos, todo a la cuenta de preparatorianos y politécnicos. La realidad de esas barricadas erigidas premiosamente, de esos camiones quemados y volteados, de esas piedras y esos cocteles MolotovÍ puede hablar de angustia, desesperación, candor, ira, afán suicida, ingenuidad, desesperanza, más de lo que no habla es de espíritu depratorioÍ

 

Reviso el texto tres décadas más tarde, y aún lo suscribo en lo esencial. Sin duda, hubo a lo largo de los meses excesos verbales, algunas provocaciones, y mitos y leyendas asumidos como verdades estrictas (por ejemplo, el número de muertos previo al 2 de octubre, la "matanza" en San Ildefonso), pero lo fundamental del Movimiento, y no localizo argumentos sólidos en contrario, fue su carácter civil, legal y heroico. En los días posteriores al 26 de julio, los dueños de joyerías responsabilizan a la policía de los robos. No se les hace caso. Se ordena el linchamiento moral, y de eso se escapan unas cuantas publicaciones (Excélsior, ya dirigido por Julio Scherer, Por Qué?, el semanario sensacionalista de Mario Menéndez, y Siempre!, con el suplemento "La cultura en México"). Pero eso resulta suficiente porque el Movimiento crea su propio sistema de comunicación gracias a las brigadas y el mero impulso del rumor entusiasta.

 
Foto: Life
Empezaba la represi█n a estudiantes
 

El 28 de julio al mediodía voy a ver lo que ocurre en San Ildefonso. El Zócalo se ve espectral y gélido, o eso proyecta mi estado de ánimo. Permanecen las barricadas, las huellas de la refriega, la desolación. En San Ildefonso un grupo reducido de estudiantes se da ánimo y relata su triunfo, o lo que califican de triunfo. Les estimula no haberse dejado, lo que sigue los atemoriza, aunque los visitan y apoyan las autoridades universitarias. Los escucho hablar sin tregua, y me llama la atención su mezcla de miedo y optimismo. Luego, en la madrugada del 30 de julio, soldados de línea de la Primera Zona Militar penetran en los edificios de San Ildefonso (donde se encuentran las preparatorias 1 y 3), en las preparatorias 2 y 5 de la UNAM, y en la Vocacional 5. Los comanda el general José Hernández Toledo. Al convoy lo integran tanques ligeros y jeeps equipados con bazukas y cañones de 101 milímetros, y camiones transportadores de tropas. Al encuentro de los estudiantes, la tropa marcha a bayoneta calada. Una puerta de San Ildefonso es destruida con un bazukazo. Las notas de prensa dan alguna idea de lo ocurrido: "La enfermería del plantel estaba tinta en sangre. Paredes, pisos, techos, mobiliario, puertas y ventanas fueron mudos testigos de los sangrientos hechos". Hay 125 detenidos.

Se ordena el cateo de las casas y departamentos alrededor de San Ildefonso. En la Vocacional 5 los estudiantes, antes de que entre la tropa, cantan el Himno Nacional. La Secretaría de Defensa anuncia que actuó a petición del regente del Distrito Federal, general Alfonso Corona del Rosal, para resolver "la situación planteada por los agitadores". Y el acto más delirante de la escenificación de la Teoría de la Conjura, se efectúa a las 2:30 de la mañana, en la conferencia de prensa que dan a cuatro voces el secretario de Gobernación, Luis Echeverría Alvarez, el regente, el procurador General de la República, Julio Sánchez Vargas, y el procurador del DF, Gilberto Suárez Torres. El cuarteto declara: la acción militar: "1. Fue razonable; 2. Sirvió a los intereses de la colectividad y 3. Estuvo apegada a la ley".

Como de costumbre, se da aviso de lo que nunca se entregará. El regente Corona del Rosal es enfático: "La filiación de los promotores del plan de agitación y subversiónÍ se encuentra en la identidad de algunos de los detenidos y en la propaganda por ellos desplegadaÍ En mi opinión se trata de elementos del Partido Comunista" (varios de ellos detenidos esa noche). El secretario de Gobernación es un tanto contradictorio: "Las medidas adoptadas se orientan a preservar la Autonomía Universitaria de los intereses mezquinos e ingenuos, muy ingenuos, que pretenden desviar el camino ascendente de la Revolución Mexicana".

La foto del soldado con la bazuka suscita una respuesta de indignación moral que por lo pronto se ampara en la violación de la autonomía universitaria, fórmula legal que da noticia de cuán distante se halla la invocación de los derechos humanos y civiles. Ahora me resulta claro: el diálogo represión bárbararespuesta digna, inventa y le da forma al Movimiento. Es indudable la importancia del radicalismo de algunos líderes estudiantiles, pero el centro de las movilizaciones depende de la respuesta civil, legal y heroica a las atrocidades del gobierno de Díaz Ordaz.

 

(Crónica de 1968-I)

 

Carlos Monsiváis es escritor. En 1968 hacía el programa El cine y la crítica en Radio Universidad y colaboraba en "La cultura en México", suplemento de la revista Siempre! Su libro más reciente es Los rituales del caos.

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