El llamado rápido desarrollo de posguerra y la crisis de
Asia que se inicia con la devaluación del baht tailandés en
julio de 1997, son expresión de los grandes cambios que experimenta
esta región del mundo en los últimos 40 años. Los dos
fenómenos forman parte de un mismo proceso. Un ciclo largo de auge,
especialmente conducido por los sectores exportadores, como resultado de la
expansión económica mundial que se inicia con la reconstrucción
de posguerra y que prácticamente se alarga hasta que los cambios generados
por la incorporación de China a la economía mundial y el fin
de la guerra fría modifican las reglas de la participación de
Asia en el mercado mundial.
La crisis de Asia de fines del siglo XX, aunque pueda ser transitoria, es estructural e histórica en el sentido de que provocará enormes cambios dentro de la propia región y en el entorno mundial en las primeras décadas del siglo XXI. Cabe aclarar que lo que se ha llamado genéricamente como la crisis de Asia debe corresponder, según nuestra óptica, a la crisis sui generis de Japón y su transmisión principalmente al conjunto de las economías del sudeste asiático y, en menor grado, a Corea del Sur. En todos estos países y subregiones, tanto la crisis como la evolución de la misma, se ha manifestado de diversas maneras, pero responden al reacomodo de fuerzas económicas y políticas mundiales, principalmente entre Japón y los Estados Unidos.
En Japón, la crisis se ha manifestado principalmente como una gran explosión financiera y exceso de capacidad instalada después de un muy largo período de crecimiento industrial y transformación tecnológica. Por eso en Japón la crisis se presenta como una gigantesca desvalorización financiera y deflación. De esta manera, culpar al modelo japonés de desarrollo de la crisis actual es cierto, pero no por sus fallas sino quizá por su extraordinario éxito en fabricar riqueza industrial y financiera, prácticamente incesantes desde la posguerra. El problema real de Japón y que según nuestra visión es el que subyace en el fondo de la crisis de su modelo de crecimiento, es precisamente su enorme éxito y la tremenda rapidez con la que creó su riqueza financiera.
Todas las vías internas y externas apuntalaron un formidable aparato de ahorro interno, una gran masa de divisas por los constantes y crecientes excedentes comerciales y, en general, un aumento de su riqueza por la adquisición de activos financieros en el mundo. Japón pasó así a convertirse en muy poco tiempo en el primer acreedor del mundo, es decir, el país con la mayor cantidad de activos financieros en el mundo, que se reflejaba en la época en la que los principales bancos del mundo eran japoneses, pero no tenía la hegemonía financiera mundial que descansaba fundamentalmente en las directrices emanadas por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y los acuerdos de los países más industrializados con los Estados Unidos como concertador y beneficiario principal. Tanto en el Fondo Monetario Internacional como en el Banco Mundial, Japón ha estado subrepresentado y su peso económico no ha correspondido a su peso político en dichos organismos, fundamentales para la tónica de decisiones financieras a escala global. Así, Japón podía triunfar en las negociaciones comerciales que apuntalaban su crecimiento pero no en las negociaciones financieras de carácter global en donde su papel fue prácticamente subordinado a los intereses de los Estados Unidos, que se vio favorecido del financiamiento japonés.
En el caso de China, si bien esta crisis financiera se ha dejado sentir, especialmente por conducto de la bolsa de valores de Hong Kong y por las presiones para devaluar el yuan frente a la nueva competitividad de los países exportadores del sudeste asiático, el país ha podido mantener su ciclo de crecimiento y probablemente seguirá siendo un nuevo motor del despliegue de Asia. Si bien es cierto que China sale de la crisis con una reputación reforzada, también es cierto que su economía presenta aún problemáticas internas que se podrían convertir en una bomba de tiempo. Tres son los sectores que presentan un riesgo más alto: el sector de la industria estatal, el sector financiero y las desigualdades del desarrollo regional. La reforma de los dos primeros sectores no ha gozado del dinamismo con el que otros sectores de la economía se han desarrollado. Siendo el gobierno el principal promotor de la reforma, la precaución con la que se han ido reestructurando estos dos sectores ha sido consecuencia, en gran parte, del temor que tienen los líderes del Partido Comunista sobre las consecuencias sociales que dicha reestructuración podría traer. A pesar de esto, el gobierno está consciente de que el proceso de reforma es algo irreversible y que la reforma de los dos sectores es un imperativo para el futuro crecimiento de la economía china.
La modernización de China, basada principalmente en la introducción de mecanismos de mercado, ha traído consigo una contradicción esencial. El pueblo chino se pregunta ahora si la economía socialista ha fracasado de verdad y las reformas capitalistas constituyen la respuesta a su desarrollo económico, ¿por qué entonces un partido comunista debe ser el partido gobernante? Quizá un partido no socialista o uno más parecido al nacionalista que gobernó China en el pasado o que tiene el poder en Taiwán podría desempeñar mejor esta tarea. Así, el reto a la legitimidad del Partido Comunista en China nace principalmente de esta contradicción.
Cuando los reformistas radicales quisieron seguir los modelos económicos occidentales pasaron por alto que dichos modelos se desarrollaron en el contexto socioeconómico y cultural occidental, y por tanto no tendrían el mismo resultado dentro del contexto socioeconómico chino. Por ello quizá en el futuro la transición de China retome un cauce gradual y adaptativo a sus propias condiciones tal y como aconteció con otros países de la región. Así es probable que China en el futuro sea un régimen autoritario y modernizante, similar en muchos aspectos a aquellos desarrollados en Japón, Taiwán y Corea del Sur. La dominación estatal de la sociedad y su posición de liderazgo en la economía seguramente seguirán siendo características centrales de su economía política.
A diferencia del patrón de bancarrotas del Tercer Mundo, la crisis asiática no se dio por un gasto gubernamental irresponsable, sino por una sobreinversión irresponsable del sector privado. Los tigres asiáticos, con sus monedas ligadas al dólar, se vieron exprimidos con la devaluación del yen. La crisis bancaria asiática se debe en parte a las siguientes razones. En primer lugar, dieron por hecho la estabilidad del tipo de cambio, descansando en la posibilidad de cambiar bahts y rupias por dólares a una tasa fija. Ahora los pagos que reciben son en sus monedas locales devaluadas, mientras que sus obligaciones en dólares se han multiplicado proporcionalmente a la devaluación. El segundo error bancario fue prestar indiscriminadamente a proyectos de bienes raíces, pensando que la demanda de oficinas, hogares y hoteles no decaería nunca. Sin embargo, la sobrecapacidad ha traído los precios de rentas y propiedades a niveles muy bajos, dificultando la capacidad de pago de los créditos. El error más importante quizás fue la inexperiencia y la confianza en que sus rápidos crecimientos económicos los rescatarían siempre de los malos préstamos, por lo que fallaron en examinar los riesgos financieros que estaban contratando.
La actual crisis en Corea del Sur, por su parte, es el resultado del fracaso de las políticas del gobierno saliente de Kim Young Sam. Es un fracaso de falta de regulación, en vez de sobrerregulación, como es la visión popular. El gobierno de Kim Young Sam relajó los controles estatales abandonando su rol tradicional de coordinador de las inversiones dentro de las grandes industrias de escala. Esto permitió que se sobresaturaran las capacidades de industrias emergentes como la automotriz, la del acero, la petroquímica y la de semiconductores, lo que llevó a la baja en las exportaciones y la consecuente acumulación de inversiones estancadas. Este país está aprovechando la crisis como pantalla para maquillar la eliminación indiscriminada de los conglomerados débiles al tiempo que fortalece y racionaliza los poderosos. El resurgimiento del poder económico de Corea del Sur podría facilitar su reunificación con el Norte sin la interferencia de Estados Unidos, China o Japón.
Taiwán salió mejor librado que sus vecinos de la crisis financiera asiática. Parte de la explicación es que siendo un país incapaz de obtener el reconocimiento como una entidad soberana en los foros internacionales, ha tenido que dar prioridad a sus necesidades de seguridad externas impulsando una economía de guerra capaz de salir a flote en momentos de crisis. Enormes reservas monetarias y límites juiciosos sobre el endeudamiento externo de corto plazo protegieron a Taiwán de los peores efectos de la crisis. Además, se realizaron reestructuraciones empresariales anteriores a la crisis que los protegieron de un impacto mayor.
Las razones por las que Hong Kong y Singapur también salieron relativamente bien librados de la crisis financiera asiática incluyen sistemas financieros sofisticados; relativamente poca intervención gubernamental en las decisiones de autorización y distribución de créditos; el factor de ser centros financieros internacionales; la internacionalización histórica en la mayoría de las áreas de inversión de capital, como los servicios, la industria y el comercio; las fuertes políticas para evadir la corrupción; y una amenaza razonablemente creíble de la adjudicación legal objetiva en los conflictos sobre el comportamiento económico.
La crisis de Asia es, por lo tanto, una crisis con rasgos peculiares y con
características geográficas especiales. Es una crisis de dos
polos de la región de Asia, principalmente Japón y el Sudeste
asiático más Corea del Sur. Es una crisis de explosión
financiera invocada por la sobreproducción y sobreinversión
dentro de un patrón de crecimiento industrial basado en las exportaciones
que se agota por las nuevas limitaciones surgidas en el propio mercado regional
y el mercado mundial. La de Asia es una verdadera contracción, no sólo
cíclica, sino histórica. Es el fin de un período en el
que factores internos, pero especialmente de orden internacional, que empujaron
a la región en su conjunto y en sucesivas etapas de crecimiento, se
han agotado. La transición de Asia hacia el siglo XXI marcará
en cierto sentido una nueva evolución y dinámica al modificarse
la política mundial de Estados Unidos; por la globalización
de los mercados financieros, productivos y comerciales; y por los cambios
intrarregionales que se derivarán de la evolución de Japón,
la dinámica de China, así como de las respuestas que al interior
de los países se gesten en busca de modelos funcionales para las condiciones
económicas y políticas que se impondrán en el nuevo siglo.