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Año
15 Número
58 Abril 2002
Al observar la influencia de las ciencias sociales en la construcción disciplinaria de la política, reafirmamos que la ciencia política, para que sea considerada disciplina rigurosa, tiene que plantearse un objeto que tenga como presupuesto la validez de la lógica y la metodología, que son cuestiones fundamentales, en lo general, de nuestra orientación de la realidad. Consideramos que más allá de los dilemas de que si la ciencia política es la ciencia del poder o la ciencia del Estado, afirmamos que hay un concepto fundamental o base en esta disciplina, y nos referimos al concepto mismo de poder. "La política", dice Max Weber (1998:8), "significa para nosotros exaltación hacia la participación en el poder o en la influencia sobre su división, sea entre estados, sea en el interior de un estado entre los grupos humanos que encierra." Aquí retomamos a Michel Crozier cuando afirma que "toda estructura de acción colectiva se erige como sistema de poder. Esta estructura es fenómeno, efecto y hecho de poder. En tanto construido humano, la acción colectiva regula y crea poder para permitir a los hombres cooperar en las empresas colectivas" (1981:25). Entramos entonces a relacionar el poder con el Estado, puesto que éste posee la organización política más compleja que otro tipo de organización en la sociedad. De allí que la ciencia política parta de la noción sociológica del Estado que descansa, en oposición a la noción jurídica del mismo, en que todas las comunidades humanas tienen gobernantes (organización política) que disponen de un sistema de sanciones y de una cierta fuerza material. En este sentido, "la esencia de la civilización constitucional moderna, que es el alma de la moderna ciencia política, por su parte, queda hasta hoy contenida, por sus elementos cardinales, en la fijación de límites de la actividad del Estado y en la reivindicación de la separación entre actividad social y actividad política, entre esfera pública y esfera privada" (Umberto Cerroni; 1999:26). Robert Dahl (1993) reflexiona sobre esto cuando afirma que hubo una segunda transformación de ideas y prácticas democráticas que desplazaron la sede de la Ciudad-Estado a la de Estado Nacional, y que tuvo las consecuencias siguientes en la definición de la democracia: la representación, la extensión ilimitada, el conflicto, la expansión de los derechos individuales, el pluralismo social y organizativo y las instituciones de la poliarquía. En otras palabras, a lo que se refiere es a la organización del poder en el seno del Estado. De lo que se trata es de recuperar la rigurosidad del estudio de lo político. Ésta designa una disciplina organizada, es decir, un conocimiento adquirido a través del estudio de los fenómenos políticos y las formas como estos se producen. Esta disciplina no copia los métodos de las ciencias naturales porque no serían apropiados. Presenta sí un conocimiento estructurado y exige que quienes la practiquen respeten ciertas normas intelectuales, ya que ella descansa en el principio de que todo conocimiento es público y cuestionable, y que todo análisis político, en consecuencia, debe tener los principios de refutabilidad y de explicación histórica, cultural y social. Recientemente el desarrollo de la ciencia política se ha visto acompañado del deseo de ampliar su área de estudio, razón por la cual es vista desde varios ángulos. Maurice Duverger (1981) la define como una ciencia-encrucijada. Esto quiere decir que no hay una categoría particular de las ciencias sociales que lleve el nombre de ciencia política, sino que cada una de las ciencias sociales (la sociología, la psicología social, la historia, la geografía humana, la economía, la antropología) comporta una parte política en la medida en que le concierne el problema del poder. De este modo, tendríamos una sociología política, una economía política, una antropología política, etc.. Visto así, la ciencia política sería entonces la encrucijada de todas estas partes políticas de las ciencias sociales. Por otra parte, existen tendencias en el análisis de esta disciplina que ofrecen una serie de definiciones de lo que es lo político. A mediados del siglo pasado, por los años 50 y 60, los estudios institucionalistas clásicos1 centraron su atención en el parlamento, la administración pública, las políticas públicas, los presupuestos, la elección racional, el Estado de bienestar y las élites políticas, expandiéndose cada vez más al análisis de las elecciones, de los partidos políticos, de los denominados grupos de presión y del sistema político. Era la época en que la definición única y general del "político" se asociaba con el rol que desempeñara el hombre, con mayor o menor regularidad, en las instituciones políticas del Estado (C.Wright Mills; 1989), ya que el concepto de éste se podía acoplar al concepto de Estado como solucionador de conflictos (Charles E. Lindblom; 1999). De esta manera, la función de la ciencia política era describir los principios que serían adheridos a las cuestiones públicas y al estudio de las operaciones de los gobiernos para demostrar lo que es bueno, criticar lo que es malo o ineficiente y para sugerir mejoras. De allí el concepto de la ciencia del Estado. La política, entonces, se definía en cierto sentido como la toma de decisiones por medios públicos, o lo que es lo mismo, "el conjunto de las decisiones tomadas por medios públicos, constituye el sector público de un país o sociedad" (Karl W. Deutsch; 1993:15). No olvidemos que fue la época del auge del Estado de bienestar (Welfare State). En consecuencia, se afirmaría críticamente, según Immanuel Wallerstein, que "las ciencias sociales han sido muy estadocéntricas, en el sentido que los Estados constituían el marco, supuestamente evidente, dentro del cual tenían lugar sus procesos analizados" (1996:87). Mientras en América Latina, por ejemplo, el Estado era el centro de análisis histórico de las relaciones de poder y dominación (bloque de construcción análitico, según el mismo I. Wallerstein), en los países industrializados, el Estado era analizado desde el punto de vista de sus instituciones a través de las visiones contextualistas, reduccionistas, utilitaristas, instrumentalistas y funcionalistas, que marcaron hito en la ciencia política americana (James G. March y Johan P. Olsen; 1997). Esto lo ratifican Carol Hirschon Weiss y Björn Wittrock (1999), cuando explican que las ciencias sociales en los Estados Unidos se desarrollaron en el seno de las instituciones públicas: A finales del decenio de 1960 y durante los setenta, los Estados Unidos también presenciaron el establecimiento de escuelas de política pública: un hogar institucionalizado para las ciencias de las políticas. Esto se debió en gran parte a otra institución típicamente norteamericana: la fundación filantrópica. En los Estados Unidos, las fundaciones habían ejercido influencia, haciendo avanzar la ciencia social orientada hacia las políticas desde el decenio de 1920, aunque en escala relativamente pequeña. Durante los sesenta, la Fundación Ford, recién llegada al mundo de las fundaciones y sumamente bien financiada de acuerdo con sus normas, decidió dar fondos al establecimiento de un número pequeño de escuelas de política pública para demostrar la utilidad de la ciencia social en las principales cuestiones del gobierno (1999:440). En los años 70 y 80, la definición de lo político se amplió grandemente. El mundo académico inglés y sobre todo americano, propugnaba una ciencia política que se ocupara de un mayor número de instituciones y que relacionara el análisis político con los intereses de otras disciplinas, principalmente de la economía y la sociología. Esto se pudiera inscribir en lo que March y Olsen denominan el nuevo institucionalismo. Este enfoque argumenta que los contextos institucionales políticos, sociales, económicos dentro de los que actúan los individuos influyen de manera importante sobre su comportamiento. Para el nuevo institucionalismo, las organizaciones desarrollan características institucionales que las diferencian a unas de otras, y estas características son el factor más importante por considerar para entender el comportamiento de los actores organizacionales. En consecuencia, el objetivo de este movimiento es analizar los procesos por los cuales las instituciones desarrollan sus características particulares, y describir las formas en que estas características influyen en el comportamiento de los miembros de la institución (James G. March y Johan P. Olsen; 1997: 17). Como respuesta a los cambios socio-políticos, económicos y culturales que se manifiestan con la globalización, la competitividad, la reestructuración económica, los cambios en el mercado de trabajo, en la estructura de la población, en los modelos de la vida familiar, en las políticas del Estado sobre el empleo y la seguridad social y, sobre todo, en los cambios en la madurez institucional de Estado de bienestar, hacen que la ciencia política en los actuales momentos considere lo político desde una perspectiva mucho más amplia. Esto quiere decir que los espacios de poder se han multiplicado y han dado paso a que las relaciones de éste se abran a la sociedad. Lo político, dice Gamble (citado por Marsh y Stoker; 1997), se define actualmente de forma que pueda abarcar otras áreas de la vida social tales como el género, la etnia o la clase. La política se entiende ya como un aspecto de las relaciones sociales, más que como una actividad que tiene lugar en las instituciones de la administración pública. Ya lo político ejercido solo y únicamente desde el espacio del Estado ha permeado a la sociedad civil2. En este sentido, David Held propone en este nuevo contexto del pensamiento político, una teoría de la situación del Estado y la democracia, ya que, ...por una parte, los procesos de interconexion económica, política, legal, militar y cultural están transformando la naturaleza, el alcance y la capacidad del Estado moderno; por otra, la conexión regional y global crea cadenas de decisiones y consecuencias políticas entrelazadas entre los Estados y sus ciudadanos que alteran la naturaleza y la dinámica de los propios sistemas políticos nacionales; y por último, las identidades políticas y culturales se remodelan y reavivan al calor de estos procesos, lo cual anima a muchos grupos, movimientos y nacionalismos locales y regionales a cuestionar al Estado-nación como sistema de poder representativo y responsable (David Held; 1997:169-170). Siendo más preciso, Leftwich (citado por Marsh y Stoker; 1997) asevera que para confirmar su alejamiento de una perspectiva centrada en las instituciones públicas, la ciencia política debería adoptar una definición dinámica de la política, no basada en un sólo ámbito o conjunto de instituciones donde tienen lugar ciertas actividades, sino en un proceso generalizado en las sociedades humanas. Se entendería entonces, retomando a Cornelius Castoriadis, como "una actividad explícita y lúcida que atañe a la instauración de las instituciones que se desean, y a la democracia como el régimen de autoinstitución explícito y lúcido tanto como sea posible, de las instituciones sociales que dependen de una actividad colectiva explícita" (Cornelius Castoriadis; 1995:25). Visto así, la política se encuentra por doquier en la sociedad: desde la unidad familiar al Estado, y desde las asociaciones de la sociedad civil a las corporaciones privadas multinacionales y nacionales. En este sentido, Victoria Camps argumenta que "...es preciso acercar la política a la sociedad o la sociedad a la política. Hay que recuperar el sentido más noble de la política como voluntad de servicio, y extender la responsabilidad del servicio al otro a todos los ciudadanos. Hay que hacer a la sociedad corresponsable del bienestar colectivo" (Citado por Javier Prado Galán, S.J.; 1998:127). En otras palabras, no es más que la interpretación de las virtudes cívicas (Ágnes Heller; 1998) relacionadas con los valores universales como "igual libertad para todos" e "igualdad de oportunidades de vida para todos": la tolerancia radical, la valentía cívica, la solidaridad, la justicia, la prudencia (fronesis) y la virtud de participar en el discurso racional. En consecuencia, el estudio de la política debe estar fusionado con la realidad circundante, así como con las nuevas formas de expresarse lo político3. Siguiendo esta polémica, Tom Mackie y David Marsch (1997) estiman lo siguiente:
Manteniendo esta línea de análisis, Bertrand Badie y Guy Hermet (1993) estiman que el método comparativo clásico en la ciencia política entró en crisis desde hace tres décadas, y que se expresó por la crisis del universalismo y de su facultad explicativa, así como por su relación con la historia. En este sentido, este método tiende a reconstruirse a la par con los nuevos paradigmas de la ciencia política: el regreso del análisis cultural y el recurso del análisis estratégico4. Así, son estas nuevas visiones las que van a darle sentido de análisis al individuo democrático de hoy. No faltan estudios que establecen una nueva articulación entre la ciencia y la política a través de una doble exigencia (Luc Rouban; 1988). Por un lado, la búsqueda de nuevos mecanismos de imputación, que emerge de la naturaleza tecnocrática y que consiste en revivir una ideología de la competencia. Así, a fin de adaptar la vida política a los cambios científicos y técnicos, es necesario no solamente disponer de funcionarios y hombres políticos correctamente formados, sino de debilitar la democracia, desarrollando un nuevo civismo técnico. Por otro lado, tenemos una segunda propuesta que se elabora más en el plan teórico. Esta visión consiste en rechazar de la ecuación el componente científico por tener una contaminación positivista, partiendo de una dimensión fundamentalmente relativa en el debate sobre los valores. "Para conseguir lo político en su autenticidad, sería necesario eliminar de allí todo rastro de cientifismo que le roe de manera inexorable" (Cf. Bénéton , Philippe; 1987, citado por Luc Rouban; 1988). 1 Para una lectura más profunda de este enfoque, leer a Jon Elster y Rune Slagstad (1999) Constitucionalismo y democracia; y a James G. March y Johan P. Olsen (1997) El redescubrimiento de las instituciones . La base organizativa de la política. 2 "Justo en este punto, la discusión acerca de la dimensión ética de la política emerge ante la disolución del monopolio estatal del quehacer político, al menos en dos sentidos: por un lado, desde la perspectiva de la ética de los valores, que exige de autoridades y ciudadanos conducirse en los márgenes de lo permitido (¿o lo tolerado?); por otro lado, en el sentido de la ética dialógica o convencional, desde la que el discurso de todos los actores involucrados -tanto en el Estado como en la sociedad civil- debe abrirse necesariamente al escrutinio público" (Luis González Placencia; 1998:18). 3 A este respecto, Alain Touraine estima que las instituciones políticas y sociales, por lo tanto, ya no pueden ponerse al servicio de un orden supuestamente racional o un progreso que estaría inscrito en las leyes de la evolución histórica; deben ponerse al servicio del Sujeto, único principio capaz de construir el puente necesario entre los dos universos. La política se somete a la ética, mientras que durante mucho tiempo ella misma quiso constituirse en ética, moral cívica o defensa de un futuro radiante contra el pasado (1998:312). 4 El análisis cultural permite que el análisis comparativo ponga en perspectiva los diferentes sentidos que dan a lo político, en el espacio y el tiempo, diferentes colectividades, y, por ende, las diferentes construcciones de lo político que de aquí se derivan. Por otro lado, el análisis sociológico estratégico de la invención política tiene la triple ventaja de invitarnos a una lectura de estas diferencias, a un estudio de su articulación en las culturas básicas y a una explicación sociológica del proceso que ha permitido su construcción (Bartrand Badie y Guy Hermet; 1993:38-54). Nota: Este artículo es extracto del capítulo "Controversias de la ciencia política" del libro Ciencia política: Nuevos contextos, nuevos desafíos, ed. Freddy Maríñez Navarro, Editorial Noriega Editores, México, 2001.
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Freddy Maríñez Navarro obtuvo el grado de Ph.D. en Sociología de la Universidad de Laval, en Canadá. Es profesor titular del Departamento de Relaciones Internacionales. Correo electrónico: fmarinez@campus.mty.itesm.mx
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