González Carvajal, Luis
"Ideas y creencias del hombre actual"
2ª Edición, Ed. Sal Terrae, 1992


La cultura postmoderna

El malestar de la modernidad

Naturalmente, el "post" de postmoderno indica un deseo de despedirse de la modernidad. Estamos ante una paradoja. Por una parte, constituye un estigma para cualquier sociedad el no ser acreedora al título de "moderna"; y, por otra parte, los habitantes de las sociedades modernas parecen experimentar un malestar creciente.

Desde los años veinte existe un tema recurrente en la literatura: el vacío espiritual y la ausencia de sentido del mundo. Piénsese, por ejemplo, en la obra literaria de T. S. Eliot, James Joyce, Ezra Pound, W. B. Yeats, Kafka, Musil... Eliot, en sus obras _La tierra baldía ("The Waste Land"), los hombres vacíos ("The Hollow Men"), etc._, no ve alrededor nada más que vulgaridad, decadencia y vacío. En su novela Ulysses, Joyce convierte la historia de un único día en Dublín _con los paseos sin rumba de Bloom y Dedalus por la ciudad_ en símbolo de la inanidad, la miseria, la falta de sentido y la inutilidad del mundo occidental moderno. Las mejores piezas de Ionesco muestran un universo donde ya no hay diálogos humanos significativos. El tema único de Beckett es el mundo sin Dios y sin significación, en el que sólo milagrosamente puede sobrevivir un resto de calor humano.

Se trata de un malestar ya antiguo. El romanticismo, aquel vasto movimiento que predominó en Europa durante la primera mitad del siglo XIX, puede considerarse quizá como la primera reacción antimoderna. Lo que pasa es que en este caso fue una reacción nostálgica. Querían volver atrás, a la Edad Media.

Después del romanticismo ha habido otros muchos brotes inconformistas frente a la modernidad, pero sin estar dominados ya por la nostalgia del pasado. Tuvieron carácter progresista. Un ejemplo típico es el de la "bohemia": ese estilo de vida que adoptaron a principio de siglo ciertos grupos de artistas, escritores, estudiantes, etc. y que fue muy bien descrito en las Scènes de la vie bohème, de Henri Murger, y después popularizado en la famosísima ópera de Puccini titulada La Bohème. Más cerca de nosotros, debemos recordar a los "hippies" y su "Flower Power", los "beatniks", los "proves" y, sobre todo, la espectacular revuelta de mayo del 68 en París.

Esos movimientos son muy distintos entre sí, pero todos se alimentan de una experiencia común: que en la sociedad actual el individuo se aliena, se enajena, se frustra. Es lo que Berger ha designado como pérdida metafísica de "hogar" (homelessness). El hombre no logra sentirse ya "en casa" ni en la sociedad, ni en el cosmos, ni, en último término, consigo mismo.

Así pues, no debemos pensar que los postmodernos han sido los primeros desilusionados por la modernidad. Otros les precedieron con lúcida e intempestiva anticipación. Hay una diferencia, sin embargo. Hasta ahora, las posturas antimodernas fueron patrimonio de individualidades atormentadas. La postmodernidad, en cambio, aparece como un creciente y generalizado espíritu de la época. Da la impresión de que el virus del desencanto estaba hasta hace unos años en fase de incubación y sólo lo detectaban los especialistas. Ahora es ya una epidemia percibida por la mayoría.

 

El nacimiento de la postmodernidad

Imagino que muchos lectores se sentirían mejor si yo comenzara definiendo con precisión la postmodernidad; pero, si fuera así, estarían demostrando no ser nada "postmodernos". La postmodernidad no es susceptible de una definición clara y, menos todavía, de una teoría acabada. A medida que desarrolle el tema, se entenderá por qué. No obstante, el discurso postmoderno tiene algunos "temas mayores" que lo caracterizan suficientemente. El objetivo de esta reflexión es pasar revista a dichos temas mayores.

He hablado de "discurso postmoderno" y, sin embargo, la postmodernidad es, antes que nada, una especie de talanto, un nuevo tono vital. Es verdad que junto a esto -que podríamos llamar "postmodernidad de la calle"- existe también una "postmodernidad de los intelectuales" (Lyotard, Vattimo, Baudrillard, Lipovetsky, etc.), Pero, una vez más, los filósofos no son otra cosa que notarios rezagados que levantan acta de lo que ocurre en la calle. Recordemos aquello de Hegel: "el búho de Minerva inicia su vuelo al caer del crepúsculo" . Por eso nuestra reflexión prestará por lo menos tanta atención a la "postmodernidad de la calle" como a la "postmodernidad de los intelectuales".

Aunque el término "postmodernidad " es antiguo -lo empleó ya Baudelaire en 1864-, el fenómeno cultural que hoy designamos con ese nombre es muy reciente.

Naturalmente, nunca puede datarse con precisión el comienzo de una nueva época. Como decía Pemán, ningún mayordomo del siglo XV o XVI, al correr por la mañana las cortinas de la ventana del dormitorio, comunicó nunca al señor la noticia: "Señor, ha entrado el Renacimiento".

Es legítimo, sin embargo, hacer coincidir con algún acontecimiento significativo el comienzo simbólico de la nueva época. Por ejemplo, Charles Jencks afirma que la postmodernidad nació el día 15 de julio de 1972, precisamente a las 3:32 horas de la tarde, cuando dinamitaron en Saint Louis (Missouri, EE.UU.) varias manzanas que habían sido construidas en los años cincuenta sometidas a los stándares modernos de zonificación, colosalismo y uniformidad, porque se vieron obligados a reconocer que la máquina moderna para vivir -tal como la definió le Corbusier- había resultado inhabitable.

Para quienes no somos norteamericanos, el acontecimiento que ha elegido Jencks es muy poco significativo, pero nos indica hacia dónde debemos dirigir nuestra atención: la "postmodernidad" surge a partir del momento en que la humanidad empezó a tener conciencia de que ya no era válido el proyecto. Conviene recordar este punto de partida. No entenderíamos bien la postmodernidad si no percibiéramos que está hecha de desencanto.

 

Fin de la idea de progreso

El contraste entre las dos épocas no puede ser mayor. La modernidad fue el tiempo de las grandes utopías sociales: los ilustrados creyeron en una próxima victoria sobre la ignorancia y la servidumbre por medio de la ciencia; los capitalistas confiaban en alcanzar la felicidad gracias a la racionalización de las estructuras de la sociedad y el incremento de la producción; los marxistas esperaban la emancipación del proletariado a través de la lucha de clases... las discusiones relativas al "cómo" podrían ser -y de hecho fueron- interminables, pero la convicción compartida por todos era que "se puede". Los diversos caminos para hacer real la esperanza -desde el marxismo hasta el "american way of life"- eran peleas familiares, al fin y al cabo. Y, en consecuencia, todos los hombres modernos se incorporaron con entusiasmo a la Gran Marcha de la Historia.

Sin embargo, a lo largo de los últimos cincuenta años, todas esas esperanzas se han manifestado inconsistentes. Es verdad que la ciencia ha beneficiado notablemente a la humanidad, pero también ha hecho posible desde el holocausto judío hasta las tragedias de Hiroshima y Nagasaki; el marxismo, por su parte, en vez de traer el paraíso comunista, dio origen al Archipiélago Gulag; las sociedades de avanzado han alcanzado un alto nivel de vida, pero están corroídas desde dentro por el gusano del aburrimiento y el sinsentido. .. En resumen, que para toda una generación el mundo, de pronto, se ha venido abajo.

Leszek Kolakowski, uno de los más prominentes teóricos marxistas de Europa Oriental, que hasta 1968 fue profesor de historia y filosofía en la Universidad de Varsovia, escribe: "Hace cien años éramos felices. Sabíamos que existían los explotadores y los explotados, los ricos y los pobres, pero teníamos una idea acabada de cómo liberarnos de la injusticia: expropiaríamos a los dueños y entregaríamos la riqueza para el bien común. Pues bien: expropiamos a los dueños... y creamos uno de los sistemas más monstruosos y opresivos de la historia mundial".

Los postmodernos tienen experiencia de un mundo duro que no aceptan -desde luego-, pero no tienen esperanza de poder cambiarlo. Y, ante la ausencia de posibles salidas, una melancolía suave y desencantada recorre los espíritus. En el frontispicio de la postmodernidad está grabado con letras muy grandes un aforismo de Baudelaire: "El progreso no es sino el paganismo de los imbéciles".

En opinión de Vattimo, "el momento que se puede llamar el nacimiento de la postmodernidad en filosofía (...) es la idea (nietzscheana) del eterno retorno de lo igual (...) el fin de la época de la superación". (¿Cómo no recorder aquí que Nietzsche había anunciado ya que sus efectos se sentirían un siglo más tarde? En una de sus obras más conocidas escribió: "Yo mismo aún no estoy de actualidad; hay quienes nacen póstumos. Pero un día serán menester instituciones donde se viva y enseñe como yo sé vivir y enseñar; tal vez se creen entonces también cátedras expresamente para la interpretación del Zaratustra".

Los postmodernos son coherentes y, puesto que la idea de progreso les parece un espejismo, no se consideran a sí mismos llamados a superar la modernidad. Hablan de postmodernidad, simplemente porque su tiempo ha aparecido después de la modernidad.

 

El final de la historia

Los filósofos postmodernos van todavía más lejos y arrojan la historia al cubo de la basura, argumentando con desenfado que se la han inventado los historiadores y existe solamente en los libros de texto. En la realidad hay tan sólo acontecimientos sin ninguna conexión entre sí. El mundo está constituido por una multitud de átomos individuos que estamos juntos por casualidad. No tenemos ningún proyecto. Simplemente, nos cruzamos unos con otros, o incluso nos atropellamos unos a otros, como las partículas coloidales en el movimiento browniano". En medio de ese caos, los historiadores han procedido arbitrariamente a seleccionar los acontecimientos que les convenía para que el proceso histórico apareciera ante los ojos de sus lecturas como un curso unitario dotado de coherencia y racionalidad. Pero la historia existe tan sólo gracias a que los historiadores han tenido poca memoria y han recordado pocos acontecimientos. Si hubieran recordado todos, se habría visto que no existe otra cosa que un caos de biografías individuales.

Así pues, la ilusión de la historia ha desaparecido. Los hombres modernos esperaban que, al final del largo y oscuro túnel de la historia, toparían con las deslumbradoras luces de la Gran Salida. Ahora nos hemos dado cuenta de que el túnel se bifurcó de repente en un laberinto: múltiples caminos que se entrecruzan sin conducir a ninguna parte. La gran historia se disuelve en muchas historias microscópicas. Tantas como individuos.

Así pues, erramos. Erramos y erraremos por siempre, sin fin ni objetivos últimos; sin disciplinas de marcha, precisas brújulas ni nostálgicas esperanzas.

Pero nos equivocaríamos si pensáramos que los postmodernos viven trágicamente la pérdida de sentido de la historia. Consideran, por el contrario, que es más bien una ocasión para la realización humana. Los modernos, creyendo posible construir un futuro mejor, sacrificaron el presente al futuro y, como no hay futuro, se quedaron sin presente y sin futuro. Los postmodernos, convencidos de que no existen posibilidades de cambiar la sociedad, han decidido disfrutar al menos del presente con una actitud hedonista que recuerda el carpe diem de Horacio. "Las flores no las quieren para el funeral", sino ya.

 

Hedonismo y "resurrección de la carne"

Así pues, la manera de superar la alienación es irse a casa y disfrutar de la vida sin empeñarse en emprender un viaje por la historia hacia una supuesta tierra de promisión que no existe. La postmodernidad es el tiempo del "yo" y del intimismo. Como observa el protagonista de una famosa novela de Umberto Eco, si los vendedores de libros "antes colocaban las obras del Ché, ahora ofrecen herboristería, budismo, astrología". En efecto, en las listas de best sellers abundan los libros de técnicas sexuales, los libritos sobre meditación transcendental, las guías de cuidados del cuerpo, los remedios contra la crisis de la vida adulta, la psicoterapia al alcance de todos, etc. Y es que, tras la pérdida de confianza en los proyectos de transformación de la sociedad, sólo cabe concentrar todas las fuerzas en la realización personal, y aparece una neurasténica preocupación por la salud que se manifiesta en la obsesión por la terapia personal o de grupo, los ejercicios corporales y masajes, la sauna, la dietética macrobiótica y las vitaminofilias, la bioenergía, etc.

Sobre todo, ha habido una auténtica "resurrección de la carne". Proliferan por doquier las revistas "para adultos" (o sea, para adolescentes) y parece como si la liberación fuera cuestión de cama. "En el mundo de los hombres -ha escrito Esperanza Guisán- el goce es el alfa y omega, principio y fin".

 

De Prometeo a Narciso

A cada generación le gusta reconocerse y encontrar su identidad en una gran figura mitológica o legendaria que es reinterpretada en función de los problemas del momento.

Los hombres modernos gustaron identificarse con Prometeo, que, desafiando la ira de Zeus, trajo a la tierra el fuego del cielo, desencadenando el progreso de la humanidad. En 1800, Fichte escogió como símbolo de su ideología la figura de Prometeo. Ya antes, en 1773, Gocthe le había dedicado una oda y un fragment dramático". En cuanto a Marx, recordemos su afirmación de que, "en el calendario filosófico, Prometeo ocupa el lugar más distinguido entre los santos y los mártires".

En 1942, Camus sugirió que el símbolo idóneo no era tanto Prometeo como Sísifo, que fue condenado por los dioses a hacer rodar sin cesar una roca hasta la cumbre de una montaña, desde donde volvía a caer siempre por su propio peso.

Aunque, probablemente, el mito de Sísifo no llegó a alcanzar una vigencia social análoga a la de Prometeo, es innegable que expresa muy bien los avatares que vivió la generación del genial literato francés. Habían dedicado esfuerzos ímprobos a construir Europa, y la Primera Guerra Mundial convirtió su obra en un montón de escombros. Iniciaron animosos la reconstrucción, pero la Segunda Guerra Mundial lo arrasó todo otra vez. Con tenaz esperanza volvieron a empezar en cuanto se firmó la paz. ¿Y así, hasta cuándo?, se pregunta Camus. Pues bien, a pesar de todo, él mismo se niega a claudicar y propugna plantar cara al absurdo: "Hay que imaginarse a Sísifo feliz", dice. En el fondo, Camus seguía siendo un hombre moderno que creía en el futuro.

Ahora han llegado los postmodernos y han dicho: "Hace falta ser tontos para saber que Prometeo no es Prometeo, sino Sísifo, y empeñarse una vez tras otra en subir la roca a lo alto de la montaña. ¡Dejémosla abajo y disfrutemos de la vida!"

Los postmodernos, olvidándose de la sociedad, concentran todas sus energías en la realización personal. Hoy es posible vivir sin ideales. Lo que importa es conseguir los ingresos adecuados, conservarse joven, cuidar la salud... Hace un par de años, una agencia de viajes empapeló los muros y autobuses de París con unos carteles en los que se leía: "En un mundo totalmente cínico, una sola causa merece que usted se movilice por ella: sus vacaciones".

Con toda razón han hecho notar muchos observadores que el símbolo de la postmodernidad ya no es Prometeo ni Sísifo, sino Narciso, el que, enamorado de sí mismo, carece de ojos para el mundo exterior .

 

La vida sin imperativo categórico.

La postmodernidad entraña también la muerte de la ética. Lógicamente, eliminada la historia, ya no hay "deudas" con un pasado arquetípico ni "obligaciones" con un futuro utópico. Cuando queda tan sólo el presente, sin raíces ni proyectos, cada uno puede hacer lo que quiera. Ahora la estética sustituye a la ética. Como dice una canción de Joaquín Sabina, "al deseo los frenos le sientan fatal. ¿Qué voy a hacerle yo, si me gustó el güisqui sin soda, el sexo sin boda, las penas con pan...?"

Los estudios sociológicos muestran que esas actitudes están ya muy extendidas, sobre todo entre la juventud. El 41,2 por ciento de los jóvenes madrileños de 14 a 24 años se manifestaron de acuerdo con la frase "Vale lo que me agrada. No vale lo que no me agrada"; y el 27,2 por ciento con esta otra: "El principio ético más importante es 'haz lo que quieras'". Alguien ha llegado a hablar de "crear una liga de partidarios del pecado mortal, cuya oportunidad vuelve a ser evidente".

Freud, que era un hombre moderno, había dicho: "Donde hay ello -es decir, fuerzas instintivas- debe haber yo":

 

En la postmodernidad, por el contrario, es el ello lo llamado a mandar. Desaparece toda barrera; todo es indiferente y, por lo tanto, nada está prohibido. Como ejemplo de lo dicho, baste recordar que, según un estudio reciente, el 89,5 por ciento de los jóvenes madrileños consideran "correctas" las relaciones sexuales entre un chico y una chica sin estar casados, y que el 62,3 por ciento consideran también "correctas" las relaciones homosexuales.

Javier Sádaba ha escrito: "Entiendo por moral la idea de que hay que ser feliz y que no está dicho cómo(...) ¡Viva feliz! es el único imperativo categórico".

 

Declive del imperio de la razón

Como ya vimos, la modernidad se caracterizó por la racionalización de la existencia. Tanto es así que llegó a hacerse de la razón una diosa. Y no es exageración. Todos sabemos que los hombres de la Revolución Francesa la entronizaron como tal en la catedral de NotreDame. Condorcet, en plena Revolución, escribía: "Habrá un tiempo en que el sol brillará sobre una tierra de hombres libres que no tendrán más guía que la razón".

Es verdad que también hubo disidentes -en el Capricho núm. 43, Goya advirtió proféticamente que "el sueño de la razón produce monstruos", pero la tónica general fue la que acabamos de decir: la exaltación de la razón.

En cambio, en la postmodernidad el homo sapiens ha sido desbancado por el homo sentimentalis. El homo sentimentalis no es simplemente el hombre que siente, puesto que cualquier hombre siente, sino el hombre que valora el sentimiento por encima de la razón. Milan Kundera, que es quizás el mejor exponente de la postmodernidad en la literatura actual, escribe: "Pienso, luego existo es el comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas. Siento, luego existo es una verdad que posee una validez mucho más general".

Desde luego, no hace falta ser demasiado observador para darse cuenta de que el racionalismo, desprovisto ya de la aureola romántica que tuvo en el pasado, aburre a la juventud (tiempo atrás, algún postmoderno escribió en el "Metro" madrileño: "La sabiduría me persigue, pero yo corro más"). A la tiranía de la razón ha sucedido ahora una explosión de la sensibilidad y de la subjetividad.

En algunos círculos, el ataque contra la razón y la objetividad está alcanzando proporciones de cruzada, y un número creciente de jóvenes secunda la llamada de ayatollahs caseros. De nuevo se cita con complacencia a Nietzsche: "Todos los pensamientos son malos pensamientos... El hombre no debe pensar".

Ciertamente, la misma modernidad había ido corrigiendo ya la confianza ingenua que los primeros ilustrados depositaron en la razón. Ahí están, para probarlo, los que Paul Ricoeur llamó "maestros de la sospecha": Marx se encargó de recordarnos cuánto perturban a la razón los intereses económicos y de clase; Freud nos abrió los ojos ante un mundo oscuro e inconsciente que nos había pasado desapercibido... Pero, en realidad, los "maestros de la sospecha" seguían creyendo en las posibilidades de la razón y _precisamente por ello_ querían librarla de elementos perturbadores. Los postmodernos, en cambio, rezuman desengaño. Saben demasiado sobre las miserias de la propia razón para seguir confiando en ella. Ahora pueden encontrarse en la librerías títulos tales como "La miseria de la razón", "La razón sin esperanza", "La crisis de la razón" ...

 

Imperio de lo "débil", de lo "light"

El repudio de la razón se hace especialmente intenso frente a sus frutos más acabados y maduros; es decir, frente a las grandes teorías y doctrinas. Existe la convicción generalizada de que el sujeto finito, empírico, condicionado, no tiene capacidad para establecer lo incondicionado, lo absoluto, lo incontrovertible.

Como es lógico, los postmodernos niegan en bloque los grandes discursos de la modernidad sin refutarlos, porque emprender la tarea de refutarlos supondría que siguen tomando en serio la razón. Simplemente, acogen tales discursos como puros ruidos; los dejan sonar con indiferencia.

En la postmodernidad no queda, pues, más remedio que acostumbrarse a vivir en la desfundamentación del pensamiento. Como decía Heidegger, vagamos por "sendas perdidas", y únicamente hay lugar ya para un pensamiento débil y fragmentario: "Yo, aquí y ahora, digo esto".

La postmodernidad, por tanto, no es la desvalorización de todos los valores, pero sí la desvalorización de los valores "supremos" y de las grandes cosmovisiones. Ahora ya no hay nada que se escriba o se pueda escribir con mayúscula.

 

Nihilismo sin tragedia

No es la primera vez que una generación considera imposible seguir creyendo en las verdades que le legaron sus mayores. La misma modernidad nació con una crisis de convicciones muy semejante. Recordemos que Descartes llegó a afirmar que sería conveniente destruir todas las bibliotecas, debido a los errores y supersticiones que contenían los libros antiguos. Pero eso le creó tal angustia que se apresuro a buscar una nueva fundamentación, que él creyó encontrar en el famoso "cogito, ergo sum".

Los postmodernos, en cambio, prefieren vivir en la desfundamentación del pensamiento. No sólo consideran que las convicciones firmes que dieron seguridad y razones para vivir a las generaciones pasadas han desaparecido para siempre, sino que aceptan el hecho sin derramar una sola lágrima, con jovial osadía. Lipovetsky es rotundo: "Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, pero a nadie le importa un bledo: ésta es la alegre novedad".

Los postmodernos, resucitando el mito de la Caja de Pandora, vienen a decir que el deseo de saber demasiado sólo puede traer males. El Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe manifestó hace poco la sorpresa que le produjo el hecho de que, en una reciente entrevista sobre el caso Galileo, no le fuera "formulada una pregunta del tipo: '¿Por qué la Iglesia ha pretendido obstaculizar el conocimiento de las ciencias naturales?', sino exactamente la contraria: '¿Por qué no ha tomado una posición más clara contra los desastres que habían de resultar cuando Galileo abrió la caja de Pandora?'".

En opinión de los postmodernos, el "pensamiento débil" tiene dos grandes ventajas frente a las convicciones firmes del pasado:

En primer lugar, la ambición de encontrar un sentido único y totalizante para la vida conllevaba una apuesta despiadada por el "todo o nada". En cambio, el que poco apuesta poco pierde. La filosofía de Nietzsche -que, como dijimos más arriba, puede considerarse un temprano de la postmodernidad- describió ya este talante al contraponer al hombre resentido, que vive como un drama la pérdida de las dimensiones patéticas, metafísicas de la existencia, el hombre de buen carácter, que está "libre del énfasis"

En segundo lugar, las grandes cosmovisiones son potencialmente totalitarias. Todo aquel que se considera depositario de una gran idea trata de ganar para ella a los demás y, cuando éstos se resisten, recurrirá fácilmente al terror (leyendo a Lyotard se saca la impresión de que la modernidad ha sido tan sólo una historia de ejecuciones y encarcelamientos que va, desde la guillotina de la Revolución Francesa, hasta el Gulag soviético pasando, naturalmente, por Auschwitz y Hiroshima. En cambio, quien se sabe portador de un pensamiento débil será necesariamente tolerante con quienes piensan de forma distinta.

(Ahora se comprenderá por qué dije más arriba que sería un pecado de incomprensión elaborar una teoría unitaria y bien trabada sobre la postmodernidad. Los postmodernos la rechazarían con espanto).

 

El individuo fragmentado

El individuo postmoderno, al rechazar la disciplina de la razón y dejarse guiar preferentemente por el sentimiento, obedece a lógicas múltiples y contradictorias entre sí. En lugar de un yo integrado, lo que aparece es la pluralidad dionisíaca de personajes. De hecho, se ha llegado a hacer un elogio de la esquizofrenia.

Todo lo que en la modernidad se hallaba en tensión y conflicto convive ahora sin drama, furor ni pasión. Cada cual compone "a la carta" los elementos de su existencia, tomando unas ideas de acá y otras de allá, sin preocuparse demasiado por la mayor o menor coherencia del conjunto Ya hemos dicho que estamos de vuelta del racionalismo; y ahora manda el sentimiento.

El individuo postmoderno, sometido a una avalancha de informaciones y estímulos difíciles de estructurar, hace de la necesidad virtud y opta por un vagabundeo incierto de unas ideas a otras. Se parece al oyente nocturno que va dando vueltas al dial de la radio probando, una tras otra, todas las emisoras. El postmoderno no se aferra a nada, no tiene certezas absolutas, nada le sorprende, y sus opiniones son susceptibles de modificaciones rápidas. Pasa a otra cosa con la misma facilidad con que cambia de detergente.

El protagonista de una famosísima obra de Oscar Wilde, después de sostener un montón de ideas disparatadas y contradictorias entre sí, es interrogado por otro de los comensales: "¿Puedo preguntarle si cree usted realmente todo lo que nos ha dicho en la comida?" Y él, que es un auténtico hombre postmoderno avant la lettre, responde: "He olvidado en absoluto lo que dije".

Como ha dicho Vattimo, "el sujeto postmoderno, si busca en su interior alguna certeza primera, no encuentra la seguridad del cogito cartesiano, sino las intermitencias del corazón proustiano". Sin duda, se identificaría con una anécdota que se cuenta de Diderot: cuando Van Loo hizo su retrato, el escritor no quedó contento, y no porque careciera de parecido, sino porque no había reproducido más que una fisonomía. Ahora bien, decía Diderot, yo tenía cien cada día; según el humor que me afectaba, yo era sereno, triste, soñador, tierno, violento, apasionado, entusiasta. ..

También en las relaciones personales el individuo postmoderno renuncia a los compromisos profundos. La meta es ser independiente afectivamente, no sentirse vulnerable. El medio para conseguirlo es lo que Schelsky ha llamado el "sexo frío" (cool sex), orientado al placer breve y puntual, sin ambiciones de establecer relaciones excluyentes ni duraderas.

Los "tics" del lenguaje -que suelen expresar muy bien el espíritu de cada época- ponen de manifiesto el cambio operado en unos pocos años. Al encontrarse dos amigos de mentalidad moderna, preguntaban con naturalidad: "¿Qué es lo que haces?" (en la modernidad se daba por supuesto que siempre había que estar haciendo algo). Para la cultura postmoderna esa pregunta sería casi como un insulto. No se trata de hacer, sino de estar. La pregunta pertinente es ahora: "¿En qué rollo estás?" (además, con el matiz de transitoriedad que tiene en castellano el verbo "estar"). "Cada noche un rollo nuevo -contesta otra canción de Joaquín Sabina-. Ayer el yoga, el tarot, la meditación. Hoy el alcohol y la droga. Mañana el aerobic y la reencarnación".

 

De la tolerancia a la indiferencia

Con la pérdida de confianza en la razón, se ha perdido también cualquier esperanza de alcanzar un consenso social. Hoy cabe todo, y todo tiene su público, incluso las mayores extravagancias culturales. De forma jocosa decía Fernando Poblet: "Hace no sé cuántos años dijo no sé quién que cualquier objeto despojado de su función ordinaria es arte. Esto significa que, si encuentras un retrete colgado del techo, no intentes la meada parabólica, antes bien consulta el catálogo".

Los hombres modernos creían todavía que la libre confrontación de opiniones conduciría antes o después a un acuerdo en torno a la verdad y la justicia. Los postmodernos ni creen posible alcanzar ese grado de integración social ni tampoco lo desean en absoluto. Una sociedad verdaderamente postmoderna es la constituida por infinitas microcolectividades hoterogéneas entre sí.

De nuevo la referencia a Nietzsche parece obligada:

Así pues, los postmodernos renuncian a discutir sus opiniones; viven y dejan vivir. "Dejadnos ser paganos", dice Lyotard en un libro de entrevistas. Lo que Lyotard nos prescribe es que seamos paganos amables. En realidad, una tolerancia devaluada que no es más que una forma de indiferencia mutua.

Es posible que éste sea uno de los rasgos de la postmodernidad más arraigados. Parece que a lo largo de los últimos años se ha ido extendiendo entre nosotros un cierto talanto ecléctico y liberal que huye de las opiniones "fuertes", por considerarlas de mal gusto desde el punto de vista estético.

 

El retorno de los brujos

Si el racionalismo de la modernidad socavó las creencias religiosas, no debe extrañarnos que la reacción postmoderna haya traído consigo un retorno de lo religioso. Sin embargo, antes de hablar del retorno de Dios parece necesario constatar el retorno de los brujos .

Todos sabemos que hay un auténtico "boom" del esoterismo y de las ciencias ocultas (quiromancia, cartomancia, astrología, videncia, cartas astrales, cábala, alquimia, pitagorismo, teosofía, espiritismo, etc.). En Europa y en Estados Unidos, sólo los astrólogos registrados oficialmente son tres veces más numerosos que todos los físicos y químicos juntos. En Francia, por ejemplo, hay más de 50.000 consultorios de pitonisas, videntes, echadoras de cartas, etc. En Estados Unidos los astrólogos se acercan a 175.000, y en varias universidades de ese país los estudiantes han solicitado ya cursos de astrología. En Italia, 12.000 astrólogos se han constituido en sindicato. En España no nos quedamos atrás: Hace unos años, según el diario "El País", había en Madrid más de 3.000 magos.

Junto a todo eso hay que mencionar el comercio de amuletos y "buenas venturas" -que arroja unas cifras de negocios multimillonarias- y la proliferación de librerías esotéricas. Incluso, en casi todas las librerías generales existen ya secciones de ocultismo. Por mil pesetas es posible conseguir la Mano de Gloria del Rey Salomón o Mano de la Llave, el Gran Talismán de Nostradamus, el Sello del Destino de Bizancio o la Sagrada Cobra Secreta de Bali.

Sin embargo, hay cosas mucho peores. Se calcula que el medio centenar de sectas destructivas establecidas en España suman 150.000 adeptos, aunque su influencia y radio de acción se extiende probablemente a otras 300.000 personas. A menudo se disfrazan de religiones o asociaciones culturales: Cienciología, Niños de Dios o Familia del Amor, Hare Krishna, Edelweiss, Misión de la Luz Divina, Iglesia de la Unificación, Ceis, Secta del Amor Libre, Nuevo Amanecer, etc.

Hoy existen incluso adoradores de Satán que dejan tras de sí un rastro de sangre, gallos decapitados y signos cabalísticos. Y, sin duda, lo que hasta ahora se ha descubierto es tan sólo la punta del iceberg.

En resumen, que si, en cuestiones de religión, la modernidad se negó a creer lo que era digno de credibilidad, la postmodernidad no pone reparos a tragarse lo increíble. Uno recuerda la perspicaz observación de Chesterton: "Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada. Ahora creen en todo".

Seguramente podemos ver en la religiosidad postmoderna la "venganza de lo reprimido" de la que habló Freud: la modernidad inhibió la sed de Dios, que es un constitutivo del ser humano, y ahora brota en estado "salvaje". Quizá sea también expresión de una sociedad peligrosamente frustrada que se está volviendo cada vez más receptiva a las soluciones carismáticas, mesiánicas y fanáticas. Y, desde luego, no deberíamos descartar que en todo ello haya también una crítica implícita a una religión cristiana que en los últimos años había adquirido rasgos zelotes, moralistas e intelectualistas.

En realidad, es tal la complejidad de los nuevos cultos que Theodore Roszak sugiere que sería necesario inventar alguna palabra inutilizable para designarlos, tal como "psicomísticoparacientífico espiritualterapéutico"

De un estudio sociológico realizado en Francia por Daniel Bloy y Guy Michelat se desprende que no son precisamente las capas menos instruidas las que han caído en tales supersticiones. Los agricultures, por ejemplo, se manifiestan muy escépticos frente a todo ello; en cambio, "Los maestros se definen como el grupo que cree más frecuentemente en la astrología y en lo paranormal". Los divorciados y los que han abandonado la práctica religiosa son mucho más propensos a lo "psicomísticoparacientífico espiritualterapéutico" que los casados y los practicantes, respectivamente.

 

El retorno de Dios

Dijimos que en la postmodernidad no sólo retornan los brujos; también retorna Dios. Es lógico que, al entrar en crisis la razón del racionalismo -que carecía de oído para el misterio-, queden de nuevo expeditas unas vías de acceso a la fe que la modernidad clausuró. Como decía Pascal, "el corazón tiene sus razones que la razón no conoce"

Sin embargo, en la postmodernidad Dios no puede ser demasiado exigente. Debe contentarse con lo que González-Anleo ha llamado una religión "light".

Puesto que el individuo postmoderno obedece a lógicas múltiples, frecuentemente prepara él mismo "su coctel religioso: unas gotas de islamismo, una brizna de judaísmo, algunas migajas de cristianismo, un dedo de nirvana; todas las combinaciones son posibles, añadiendo, para ser más ecuménico, una pizca de marxismo o un paganismo a medida". Si tenemos en cuenta la aversión postmoderna a la fundamentación, no debe extrañarnos que al individuo no le preocupe en absoluto la falta de coherencia del conjunto. De hecho, muchos de los que se declaran católicos en España ni siquiera aceptan dogmas tan centrales como el de la divinidad de Cristo (sólo el 63 por ciento de los encuestados lo hacen sin reservas). Bien es verdad que, para compensarlo, el 26 por ciento de los mismos creen en la reencarnación de las almas. Se da el caso sorprendente de que son más los que creen en la existencia del cielo (53 por ciento) que en la resurrección de los muertos (47 por ciento) o en la inmortalidad del alma (52 por ciento). Un hombre se preguntaría inmediatamente a quiénes está destinado ese cielo si no va a haber resurrección. Pero ya hemos dicho que ahora estamos de vuelta del racionalismo y se llevan las posturas emocionales. El individuo postmoderno, fragmentado, obedece a lógicas múltiples.

Como era de esperar, dado que el individuo postmoderno renuncia a buscar un sentido único y totalizante para la vida, cuando elige a Dios lo hace sin renunciar por ello a todo lo demás. La suya es una religión "confortable", decididamente alérgica a las exigencias radicales.

Durante los últimos años hemos asistido a un notable auge de lo que, siguiendo a Max Weber, podríamos llamar "comunidades emocionales" (por ejemplo, las corrientes de tipo pentecostal, comunidades neocatecumenales, círculos fundamentalistas, grupos de oración corporal, zen, grupos rurales neomonásticos, etc.).

Aunque son muy diferentes entre sí, en todas esas comunidades pueden observarse algunas características postmodernas. Por una parte, han recuperado las dimensiones estéticas y celebrativas de la fe, por lo que, naturalmente, tenemos que congratularnos; pero esos nuevos movimientos no pueden escapar a toda crítica. Yo señalaría un par de reservas:

_En casi todos ellos puede apreciarse cierta desconfianza frente a las formulaciones dogmáticas, que en algunos casos llega a un marcado antiintelectualismo. Se sospecha que el teólogo complica lo que es obvio; multiplica los problemas cuando la fe camina en la simplicidad.

_También es posible percibir unas preocupaciones exclusivamente espirituales que contrastan de forma llamativa con el fuerte compromiso temporal que caracterizó a los movimientos y comunidades de base de los años 65-70. Se ve que a la disolución de la historia y la exaltación de la interioridad que caracteriza a la postmodernidad le va mucho más la figura del contemplativo sentado en la postura de flor de loto que la del profeta comprometido con la causa de la justicia.