Fierro Bardají, Alfredo.
El hecho religioso.
Aula Abierta Salvat.
SALVAT Editores. Barcelona, 1985.


Remotos orígenes de lo religioso

La afirmación de que toda religión es sincrética equivale aproximadamente a la de que ninguna religión ha sido constituida, por así decirlo, a partir de la nada. Toda instauración o innovación religiosa en cualquiera de sus formas -predicación de un profeta, enseñanza de un maestro original, consignación por escrito de unos relatos, formulación de una ortodoxia- se realiza sobre la base de contenidos preexistentes y de origen dispar.

En lo que alcanza a ver retrospectivamente la investigación histórica y arqueológica, no encontramos en punto alguno algo así como el grado cero de la religión. En la historia de los hombres, de sus culturas, la religión como el lenguaje, aparece siempre ya constituida, existente y, en rigor, preexistente, sin que nos sea dado aprehender el instante de su emergencia inicial. La cuestión de los orígenes de la religión ha perdido, por eso, la importancia que se le dispensaba.

Muy en consonancia con otras suposiciones teóricas tomadas del evolucionismo, los investigadores de la religión en el siglo XIX estuvieron interesados en el tema del origen de la religión: en primer término, de sus comienzos históricos, cronológicos, presumiendo que la religión más antigua debía ser la menos evolucionada, la más simple y rudimentaria, la más distante de las actuales formas complejas de las religiones "superiores". Y, en segundo lugar, presuponiendo que el conocimiento de lo cronológicamente originario permitiría explicar la raíz o el porqué de la religión, de un fenómeno que al positivismo decimonónico le resultaba muy difícil comprender, si no era como pura y simple ilusión. Un tercer supuesto, en el siglo XIX, era que el doble asunto mencionado podía resolverse por medios etnográficos, observando la religión de actuales pueblos primitivos, a los que se reputaba tardíos testigos supervivientes de lo que fueron los inicios de la humanidad.

Fue así como las religiones practicadas en Australia, en Polinesia, en las incontables islas de los mares del Sur, llegaron a ser consideradas ejemplares ilustrativos de lo que debió haber sido la religión de los primeros hombres. Se prodigaron, en consecuencia, las teorías sobre el origen -a la vez histórico y antropológico- de la religión. Una de ellas pone a la magia -utilización de fuerzas superiores para provecho del hombre- como antecedente de la religión propiamente dicha, que sería una derivación de prácticas originariamente mágicas (Frazer). Otra de los rudimentos, y posiblemente también los orígenes de la religión, en el totemismo, o adscripción del clan a un determinado animal, el tótem, que se supone encarna y protege la vida colectiva del grupo (Durkheim). La creencia en entidades espirituales, que constituirían el duplicado anímico y el principio animador de los seres vivos, ha sido también interpretada como embrión primitivo desde que se desarrolló la religión. A esa creencia primitiva la denominó Tylor animismo; en su opinión, surgía de ciertas experiencias de disociación entre el cuerpo y el pensamiento, como el sueño y el trance estático-. Completando la hipótesis animista, Spencer sugirió que, puesto que en la muerte se supone que el doble anímico abandona al cuerpo, es en el culto a los muertos, a los antepasados, donde hemos de ver los orígenes de la religión. Los dioses serían, según eso, figuras resultantes de la transformación de las representaciones de los antepasados.

En la actualidad, por de pronto, se duda de que sea adecuado el método etnográfico para conjeturar acerca de los orígenes. El hombre ha vivido sobre la Tierra más de un millón de años. Las actuales sociedades sin escritura son ellas mismas resultado de una larga y compleja evolución y nada nos autoriza a suponer que en ellas se preserve el modo de vida y creencias de los hombres primitivos. La cuestión del orígen de la religión se pierde en un pasado impenetrable; es, en definitiva, una cuestión irresoluble para nosotros, y además no debe confundirse con la cuestión, no ya empírica, sino filosófica, de la raíz de la religión en la naturaleza humana.

Las pistas más firmes para algunas hipótesis sobre la religión de nuestros más remotos antepasados las proporcionan los estudios arqueológicos, ordenados, en general, a investigar algunas civilizaciones arcáicas de las que nos han llegado restos. Al "hombre de Pekín", o sinántropo, que vivió hace aproximadamente medio millón de años, se le supone relacionado con alguna creencia religiosa o al menos mágica y de trato ritual de los muertos: los cuarenta ejemplares hallados de sinántropos presentan los cráneos partidos, acaso con objeto de comer sus cerebros. El hombre de Neandertal enterraba ritualmente a sus difuntos. En muchos de los restos de enterramientos del paleolítico superior, aparecen los cuerpos en posición flexionada, semejante a la del feto y a la del dormir; los huesos, además, suelen estar coloreados con ocre rojo, con la probable significacion de la sangre que da vida; todo lo cual, a su vez, da lugar a conjeturas sobre algunos aspectos de la religión de los muertos en las primitivas culturas humanas.