Sampedro, José Luis


El desconcierto

José Luis Sampedro es catedrático de Estructura Económica de la Universidad Complutense de Madrid, y autor de varias novelas.

Éste gran desconcierto, éste desequilibrio, éste desordenado removerse, esto que llamamos crisis. ¿Dónde está aquel optimismo, aquel planear seguro, aquella fe en el progreso? "No sabemos lo que nos pasa, y eso es justamente lo que nos pasa", precisaba hace medio siglo Ortega en repetida frase. Ahora incluso es más grave: no sabemos a veces lo que somos y, en consecuencia, no somos del todo. Como reconocía el presidente Carter en un discurso: "Percibimos la crisis en las crecientes dudas sobre el sentido de nuestras vidas y en la pérdida de la unidad de fines para nuestra nación".

Abundancia de medios, gracias a los prodigios técnicos, pero pobreza de fines. ¿Acaso ofrece de verdad otro que no sea la riqueza material? Es decir, sobrevivir en la abundancia; pero subsistir no es vivir. Sociólogos y psicológos señalan el agotamiento de las utopías. Para G. Steiner, "hoy nos encontramos en una situación sin precedentes: los jóvenes no poseen más ventanas utópicas que abrir", mientras que, hasta hace poco, siempre las hubo: Rusia en 1917, la guerra de España, el Frente Popular, la primavera de Praga, el Chile de Allende o la China de Mao".

¿Qué crisis?

¡Qué contraste con épocas anteriores! El siglo XVI, con los descubrimientos geográficos y los inventos, prometía al hombre occidental la conquista del mundo; el XVII le deslumbraba con la razón; el XVIII, con los horizontes de la Ilustración; el XIX, transido de historia, con el progreso…; el XX nos ha ofrecido hasta ahora el desarrollo económico; pero el hambre sigue donde estaba y, en el resto, la abundancia no basta para vivir contentos. Bien porque se sigue desando más o porque, como escribían en los muros de Sorbona los estudiantes de mayo de 1968, "nadie puede enamorarse de una tasa de crecimiento".

Esto que llamamos crisis. Ahora bien, ¿qué crisis? ¿Dónde, de quién? Se afirma que es mundial, pero si preguntáramos al pastor andino, al pescador malayo, al campesino indio, reaccionarían con estupor. La crisis mundial no es vivida (aunque ciertamente sea padecida) por una gran mayoría de la humanidad. La consciencia de estar viviendo una crisis (caracterizada por Gramsci, por Brecht, o por ambos, como la etapa en que "lo viejo no acaba de morir y lo nuevoo no acaba de nacer") sólo se da en los países ricos y en los estratos sociales altos de los países pobres: ésta constatación sugiere ya que la crisis se genera en el mundo económicamente desarrollado. Con eso nos asomamos ya a las causas, como luego diré.

Es en ese mundo industrializado donde más se debate a diario sobre la crisis, sin por eso haber aclarado al menos el significado de ese vocablo. Asombra la vaguedad del concepto crisis y la ausencia de una definición científica más o menos generalmente aceptada. Compruébese con una referencia, nada menos que en la Enciclopedia Internacional de Ciencias Sociales, donde James A. Robinson enumera los conceptos siguientes, a su juicio relacionados con el de crisis o incluso posibles sustitutivos suyos: "Estrés, conflicto, tensión, pánico y catástrofe". Ciertamente sería difícil aplicar ninguno de ellos a la crisis actual, que, lejos de ser una situación grave y aguda como las enumeradas, es un proceso cuya persistencia ha desmentido a los primeros optimistas y que, sin duda, durará todavía largo tiempo, aunque pueda presentar recuperaciones transitorias.

Esa duración obliga a relflexionar porque además, a diferencia de la gran depresión iniciada en 1929, todo está en cuestión, y no sólo la economía: artes, religiones, creencias, instituciones como la familia e incluso la capacidad del sistema industrial para superar la crisis. Y escribo industrial porque aquí me refiero tanto al mundo capitalista como al comunista; por eso algunos piensan ya en la sociedad posindustrial.

La crisis de los optimistas

Ante esa intensidad y generalidad de la crisis, los optimistas del sistema confían en una mera crisis de crecimiento: algo comparable a una crisálida, de la que emergía luego la brillante mariposa, encarnando esa misma civilización. ¿El argumento optimista? Esencialmente, la magia de la técnica. La crisis de la energía será resuelta, según ellos, por la técnica energética; la del hambre, por la futura nutrición, y así sucesivamente. Hasta el pensamiento, esa carcoma interior que no nos deja en paz, delegará en la memoria de los bancos de datos y en el poder analítico de las computadoras.

Así es su futuro. Entretanto, uno recuerda que la técnica prometía a los ricos la paz del ocio, pero en realidad ha traído la angustia del paro, sin librar por eso del hambre a los pobres. Y además ha llegado con ella lo no previsto: la degradación del medio ambiente, inquietante para los técnicos de la naturaleza. En cuanto a los científicos sociales, no digamos: desde la impotencia de los economistas frente a la inflación con paro hasta la de los políticos, psicológos y sociológos ante las guerras, los armamentos, el terrorismo, la droga, las religiones exóticas o inventadas y otros intentos de buscar hacia afuera de la identidad que nos falta por dentro. La verdad es que resultan dudosos y hasta negativos a veces los dones aportados al hombre mismo por una técnica tan eficaz para enfrentarse con las cosas.

La crisis de los humanistas

Por eso, y porque este gran desconcierto nace y se vive más en los países adelantados, muchos oponemos una interpretación alternativa y contemplamos la crisis no como una perturbación transitoria del crecimiento, sino como el ocaso de un sistema que ha llegado a su final histórico. De la agitada crisálida actual no emergerá la mariposa con alas de acero y con motor de uranio, sino otra cosa. ¿Cuál? Nuestra utopía -y al aportar una utopía llenamos ya un vacío de la crisis- es que surja, sencillamente, el hombre.

Quede bien claro que eso no significa rechazar la técnica, sino sólo su tiranía, impuesta por una ciencia cuyos prodigios deslumbran, pero no iluminan. Y quede claro todavía que nuestra interpretación no es pesimista, sino, al contrario, ultraoptimista, en el sentido de que mientras los optimistas se conforman con mantener un sistema favorable a los objetos (aunque los disfracen profesando verbalmente unos u otros ideales) nosotros aspiramos a una vida centrada en el hombre. Más aún, tenemos la esperanza de que la crisis, al liquidar el sistema agotado, pueda conducir a un modelo de desarrollo humanizado.

En otras palabras, interpretamos ésta crisis como una ruptura global, un golpe de timón en la historia de Occidente, sin precedentes desde el Renacimiento. Es entonces cuando el europeo se instala egocéntricamente como individuo frente al (y distinto del) mundo, al que considera su botín. Con Descartes, definitivamente, el hombre pasa de criatura a creador, y desde entonces impulsa la explotación tecnocrática de su universo, siguiendo la vía hoy llamada desarrollo.

Ahora bien, ese desarrollo ha engendrado esta crisis y ha entrado a su vez en crisis al acercarse a sus límites. Límites, en primer lugar, físicos, pues aunque sean discutibles las fechas dadas por el Club de Roma para el agotamiento de recursos no renovables, sigue siendo verdad elemental que el crecimiento indefinido no es posible en un medio limitado.

Además, el desarrollismo de los ricos entra en conflicto político con la resistencia de los pobres, hoy todavía débil, pero creciente. Por último, límites psicológicos en el seno mismo del mundo desarrollado, por el desdén de la civilización industrial hacia las necesidades no materiales del hombre que, insatisfechas, se manifiestan en los desequilibrios individuales y sociales aludidos anteriormente.

Pues, ¿acaso ese modelo ofrece a las masas algo más que elevar el nivel de consumo, oficialmente llamado nivel de vida? ¡Como si consumir más equivaliese a vivir mejor! Si hoy escribiera Marx, cuyo centenario acabamos de celebrar, tendría que completar la alienación debida a las relaciones de producción con la impuesta por las relaciones de consumo.

Por una doble estrategia

Nos encadenamos, en efecto con nuestros pagos a plazos, para obtener los bienes cuya necesidad inventa la publicidad o el falso prestigio social, y sacrificamos un satisfactorio bienestar al siempre inalcanzable (y por eso frustrante) mejorestar. Por supuesto, muchísimos se sienten satisfechos con el consumismo, pero eso mismo muestra hasta qué punto han sido amputadas las facultades humanas para vivir plenamente otros goces no cosificados. Así es como los pueblos enteros venden su condición humana por el plato de lentejas que ofrece la economía de mercado.

A la vista de esos límites, la crisis se nos aparece como un ocaso y, a la vez, una aurora. Y mientras alborea y se afirma el día del hombre, ¿qué hacer?

Pues lo que han hecho siempre los de un mundo nuevo durante la transición desde lo viejo. Vivir una doble vida, como los cristianos en la Roma antigua, con una doble estrategia: subsistir en el marco declinante mientras preparan el futuro; cooperar con lo destructivo de toda crisis para edificar sobre las ruinas; soportar en la calle los edictos imperiales mientras refuerzan la fraternidad creadora en las catacumbas. Con ese criterio, por ejemplo, los ciudadanos conscientes rechazamos el consumismo, aunque compremos lo necesario.

Desde esa óptica, por dar, ejemplo a escala mundial, el nuevo orden económico internacional ya resulta viejo, aun no habiendo nacido. El Tercer Mundo hará bien en sacar lo que pueda de ese proyecto anticuado, pero hará mucho mejor si defiende sus culturas propias y lucha por economías nacionales menos dependientes.

Por eso yo no veo ambigüedad ninguna en la presencia de un país intermedio como España en Nueva Delhi, sino, al contrario, un ejercicio de la doble estrategia ante la cual me felicito como español: convivir en el área de poder político mundial en donde estamos, pero contribuir a la defensa de otras culturas humanas como la nuestra.

Es decir, luchando así por la pluralidad de los estilos de vida y contra la uniformidad planetaria, que es de temer pueda acabar impuesta a todos por la combinación del poderío militar con técnicas concentracionarias.

Para esa doble estrategia es indispensable una toma de consciencia que, afortunadamente, empieza a extenderse. En declaraciones tercermundistas, en reivindicaciones de grupos marginados y en serios estudios científicos empieza a difundirse la idea de que más no es sinónimo de mejor, y de que ser es más importante que tener. Y, para pasar a los actos, esa consciencia debe apoyarse en la solidaridad de los grupos y los pueblos cuyas varias identidades culturales tiende a borrar la uniformidad codificada del desarrollo actual.

La crisis favorece esa lucha contra los modelos impuestos desde los países ricos, porque ha sembrado en éstos la incertidumbre, el desconcierto y la falta de sentido de su identidad, desprestigiando entre ellos mismos el mundo tecnificado que han construido o, al menos, erosionando los valores en que se basa.

Doble estrategia, en suma, para provechar la crisis como transmición hacia el desarrollo integral del hombre, que no es sólo homo oeconomicus (mero productor y consumidor), sino también hombre estético, ético, religioso y, simplemente, vividor y gozador de sí mismo, en un empleo sensato de la vida. Ésta es la conclusión ineludible cuando se entiende la crisis como una ruptura histórica contra la civilización de los objetos.