Sowell, Thomas.
"Conflicto de visiones".
Facetas No.79. 1988.
Conflicto de visiones
A lo largo de los últimos dos siglos, las controversias ideológicas en la economía, la política y la teoría social reflejan dos supuestos o "visiones" radicalmente diferentes con respecto a la naturaleza del hombre.
Según el economista Thomas Sowell, la "visión restringida" del hombre sostiene que los seres humanos son poseedores de defectos inmutables en su intelecto y en su caráeter moral. En consecuencia, para perpetuar la sociedad debemos confiar en sistemas probados y confiables: el mercado, los valores tradicionales, la familia. Por otra parte, la "visión no restringida" considera que los humanos son básicamente buenos; los defectos que manifiestan reflejan las fallas de las instituciones sociales. De acuerdo con esta visión, el hombre tiene un potencial ilimitado de mejoramiento al perfeccionar el mundo en torno a él. La visión restringida ha sido adoptada por Thomas Hobbes, Adam Smith, Edmund Burke, Thomas Malthus, Alexander Hamilton, James Madison, Oliver Wendell Holmes y, en el presente, por los pensadores conservadores y neoconservadores. Algunos de los principales voceros de la visión no restringida han sido Voltaire, Rousseau, William Godwin, Thomas Paine, George Bernard Shaw, Thorstein Veblen y la mayoría de los teóricos liberales contemporáneos.
Sowell, uno de los más distinguidos intelectuales neoconservadores estadounidenses, examina estas visiones contrarias en su nuevo libro, A Conflict of Visions: Ideological Origins of Political Struggle (Conflicto de visiones: Orígenes ideológicos de la lucha política). En este análisis echa mano de su amplia erudición en economía, derecho, filosofía y política en un esfuerzo por "aclarar los puntos sin que por ello decaiga el compromiso con la propia visión". Como afirma Sowell en el prólogo "Hacemos casi todo por nuestras visiones, salvo pensar en ellas. El propósito de este libro es pcnsar en ellas".
Sowell ha fungido como consultor en economía de tres presidentes estadounidenses, tanto republicanos como demócratas. Actualmente es miembro de número de la Institución Hoover de la Universidad Stanford. Es autor dc más de 12 libros, entre ellos, Marxism (Marxismo), The Economics and Politics of Race (La economía y la política raciales), Ethnic America (Los Estados Unidos étnicos). Classical Economics Reconsidered (La economía clásica replanteada).
Uno de los aspectos curiosos de las opiniones políticas es la frecuencia con que la misma gente se alínea en lados opuestos de diferentes temas de debate. Los temas mismos pueden no tener una conexión intrínseca entre sí. Pueden abarcar desde el gasto militar hasta la educación, pasando por las leyes sobre drogas y la política monetaria. Sin embargo, una y otra vez, pueden reconocerse las mismas caras que se dirigen miradas feroces desde lados opuestos de la cerca política. Esto sucede con demasiada frecuencia para ser casual, y con muy poco control para ser propositivo. Un examen más cuidadoso de los argumentos de ambos lados revela con frecuencia que están razonando a partir de premisas fundamentalmente diferentes. Éstas -a menudo implícitas- constituyen el elemento sólido tras la repetida oposición de individuos y grupos en torno a muchos temas no relacionados. Tienen visiones distintas de la manera en que opera el mundo.
La realidad es demasiado compleja para ser comprendida por cualquier mente dada. Las visiones son como mapas que nos guían a través de una maraña de complejidades desconcertantes. Como los mapas, las visiones tienen que dejar fuera muchas características concretas a fin de permitirnos enfocar algunos caminos clave hacia nuestras metas.
Una visión, como se emplea aquí el término, no es un sueño, una esperanza, una profecía o un imperativo moral, aunque cualquiera de estas cosas puede derivarse finalmente de alguna visión particular. Aquí, una visión es un sentido de causalidad. Si la causalidad procede según lo concibe nuestra visión, entonces se producen ciertas consecuencias, y la teoría es la elaboración de lo que esas consecuencias son. La evidencia es el hecho que distingue a una teoría de otra. Los hechos no "hablan por sí mismos". Lo hacen en favor o en contra de las teorías rivales.
Las visiones sociales son importantes en varios sentidos. El más obvio es que las políticas basadas en cierta visión del mundo tienen consecuencias que se extienden a través de la sociedad y reverberan a lo largo de los años, o incluso de las generaciones o los siglos. Las visiones determinan la agenda tanto del pensamiento como de la acción. El objeto aquí será precisamente examinar las visiones sociales subyacentes cuyos conflictos han moldeado nuestros tiempos y bien pueden moldear los tiempos futuros.
Las visiones sociales difieren en sus concepciones básicas de la naturaleza del hombre. Una criatura de otro planeta que buscara información acerca de los seres humanos leyendo Enquiry Concerning Political Justice (Investigación acerca de la justicia política) de William Godwin en 1793, difícilmente reconocería al hombre, tal como aparece allí, como el mismo ser que se describió en The Federalist Papers (El federalista) apenas cinco años antes. Las capacidades y limitaciones del hombre son vistas de manera implícita en términos radicalmente diferentes por aquellos cuyas teorías explícitas -filosóficas, polítical o sociales- se fundan en visiones diferentes. Consideran de manera tan distinta la naturaleza moral y mental del hombre que sus respectivos conceptos del conocimiento y de las instituciones necesariamente difieren también.
Este estudio agrupará a las innumerables visiones sociales
en dos categorías amplias: la visión restringida
y la no restringida. Éstas serán abstracciones de
conveniencia, ya que debemos reconocer que existen grados en ambas
visiones, y que en el mundo real suele haber elementos de cada
una injertados en grados variables en la otra.
La visión restringida
Escribiendo como filósofo en 1759, casi 20 años
antes de que cobrara fama como economista, Adam Smith dijo en
su Theory of Moral Sentiments (Teoría de los sentimientos
morales):
Supongamos que el gran imperio de China, con sus millares de habitantes,
fuera repentinamente devastado por un terremoto, y consideremos
cómo un hombre de humanidad en Europa reaccionaría
al conocer ésta terrible calamidad Haría melancólicas
reflexiones acerca de la fragilidad de la vida humana Y cuando
toda esta excelente filosofía se terminara, una vez que
todos estos humanitarios sentimientos se hubieran expresado, retomaría
sus negocios o su placer, procedería a descansar o a divertirse,
con la misma naturalidad y tranquilidad que si no hubiera ocurrido
accidente alguno. El desastre más frívolo que le
ocurriera le produciría una congoja más real.
Las limitaciones morales del hombre en general, y su egocentrismo en particular, fueron tratados por Smith como realidades inherentes de la vida: tal fue la restricción básica de su visión. El desafío moral y social básico era sacar el mayor partido a las posibilidades que existían dentro de esa restricción, en vez de desperdiciar energías en un intento por cambiar la naturaleza humana; intento que Smith calificó de vano e inútil.
En vez de considerar la naturaleza humana como algo que podía o debía cambiarse, Smith trató de determinar la manera en que los beneficios morales y sociales deseados podrían producirse de la manera más eficiente, dentro de esa restricción. Edmund Burke, contemporáneo de Smith en política, tal vez resumió de manera óptima la visión restringida desde una perspectiva política cuando habló de "una flaqueza radical en todos los planes humanos", una flaqueza inherente a la naturaleza fundamental de las cosas.
Es claro que una sociedad no puede funcionar humanitariamente, ni de ningún otro modo, cuando cada persona actúa como si su dedo meñique fuera más importante que la vida de otros 100 millones de seres humanos. Pero aquí la palabra crucial es actuar. En la práctica, las personas en muchas ocasiones "sacrifican sus propios intereses en aras de los intereses mayores de otros", de acuerdo con Smith, pero esto se debía a factores intermedios como la devoción a los principios morales, a los conceptos de honor y nobleza, y no al amor del prójimo como de uno mismo. Por medio de tales ardides artificiales, el hombre podría ser persuadido a hacer por su propia imagen o necesidades internas lo que no querría hacer por el bien de sus semejantes. En suma, éstos conceptos fueron vistos por Smith como la lanera más eficiente de llevar a cabo la tarea moral al costo psíquico más bajo. Pese al hecho de que ésta era una cuestión moral, la respuesta de Smith fue escencialmente económica: un sistema de incentivos morales, un conjunto de compensaciones en vez de una solución real por medio de la transformación del hombre. Uno de los sellos distintivos de la visión restringida es que negocia con compensaciones y no con soluciones.
En su obra clásica, The Wealth of Nations (La riqueza
de las naciones), Smith fue más lejos. Los beneficios económicos
a la sociedad no formaban parte de la intención de los
individuos, sino que surgían sistemáticamente de
las interacciones del mercado, bajo las presiones de la competencia
y los incentivos del lucro individual. El funcionamiento de la
economía y la sociedad requería que cada individuo
hiciera cosas para otras personas; era tan sólo la motivación
tras estos actos -moral o económica- la que era egoísta
a final de cuentas. En sus análisis tanto morales como
económicos, Smith dependía más de los incentivos
que de las disposiciones para alcanzar un objetivo.
La visión no restringida
Tal vez ningún otro libro del siglo XVIII presenta un contraste más fuerte con la visión del hombre en Adam Smith que Enquiry Concerning Political Justice, del filósofo y novelista inglés William Godwin. Mientras que en Adam Smith la conducta moral o socialmente benéfica podía ser evocada en el hombre sólo con incentivos, en William Godwin la comprensión y disposición del hombre eran capaces de crear intencionalmente beneficios sociales. Godwin consideraba que la intención de beneficiar a otros era "esencialmente virtuosa", y que la virtud, a su vez, era el camino hacia la felicidad humana. Los beneficios sociales no intencionales eran para Godwin apenas dignos de atención. La suya era la visión no restringida de la naturaleza humana, en la que el hombre era capaz de sentir directamente que las necesidades de otras personas eran más importantes que las suyas propias, y por lo tanto de actuar invariablemente de manera imparcial, aún cuando sus propios intereses o los de su familia estuvieran de por medio. Esto no constituía una generalización empírica sobre la manera en que la mayoría de las personas se conducían; era una afirmación sobre la naturaleza subyacente del potencial humano.
Los incentivos socialmente planeados eran despreciados por Godwin,
quien los consideraba expedientes indignos o innecesarios: "Si
mil hombres han de ser beneficiados, debo recordar que no soy
sino un átomo en comparación, y razonar en consecuencia".
A diferencia de Smith, que dio por sentado el egoísmo humano,
Godwin consideró que éste era promovido por el sistema
mismo de recompensas empleado para contender con él. La
solución real hacia la que debían tender los esfuerzos
era lograr que la gente hiciera lo que es correcto porque lo es,
y no por recompensas psíquicas o económicas.
Compensaciones versus soluciones
Al tener una visión no restringida del potencial moral aún no aprovechado de los seres humanos, Godwin no se preocupó como Smith de encontrar el incentivo más inmediatamente eficaz en el actual estado de las cosas. El objetivo real era el desarrollo a largo plazo de un sentido más alto del deber social.
La prudencia -el peso cuidadoso de las compensaciones- es vista en términos muy diferentes dentro de las visiones restringida y no restringida. En la primera, donde las compensaciones son todo lo que podemos esperar, la prudencia se cuenta entre los deberes más altos. Edmund Burke la llamó "la primera de todas las virtudes". En contraste, en la segunda, donde el mejoramiento moral no tiene un límite fijo, a la prudencia le corresponde un orden menor de importancia. Godwin no sentía el menor aprecio por "esos moralistas" -sin duda se refería a Smith- "que piensan sólo en estimular a los hombres a realizar obras buenas mediante consideraciones de apática prudencia y mercenario interés propio", en lugar de tratar de estimular el "generoso y magnánimo sentimiento de nuestra naturaleza".
En la visión no restringida está implícita la noción de que el potencial es muy diferente de la acción, y que existen medios para guiar a la naturaleza humana hacia su potencial, o que tales medios pueden desarrollarse o descubrirse, a fin de que el hombre haga lo correcto por la razón correcta, y no por ulteriores recompensas psíquicas o económicas.
El hombre, en suma, es "perfectible"; lo que significa continuamente mejorable más que capaz de llegar realmente a la perfección absoluta. "Podemos acercarnos más y más", según Godwin, aunque "no podemos prescribir límites" a este proceso. Basta para su propósito que los hombres sean "eminentemente capaces de justicia y virtud"; no sólo algunos individuos sino "toda la especie". El hecho de recompensar pautas de conducta existentes era visto como la antítesis de este objetivo.
El concepto de "solución" sigue siendo fundamental
en la imagen contémporanea de la visión no restringida.
Se llega a una solución cuando ya no resulta necesario
buscar una compensación. El objetivo de llegar a una solución
es, de hecho, lo que justifica los sacrificios iniciales o las
condiciones de transición que de otro modo podrían
considerarse inaceptables. El marqués de Condorcet, por
ejemplo, previo la final "reconciliación, la identificación
de los intereses de cada uno con los intereses de todos";
punto en el cual "el camino de la virtud ya no es arduo".
Moralidad social y causalidad social
Aunque Adam Smith y William Godwin han sido citados como autores especialmente claros y directos que defienden visiones opuestas, cada uno forma parte de una vasta tradición que sigue siendo poderosa y compite por el dominio hoy. Incluso entre sus contemporáneos, Smith y Godwin tenían, cada uno por su parte, muchos compatriotas intelectuales con visiones similares. En 1790, Reflections on the Revolution in France (Reflexiones sobre la revalución francesa), de Edmund Burke, constituyó tal vez la más sonora aplicación polémica de la visión restringida. La respuesta igualmente polémica de Thomas Paine; The Rights of Man (Los derechos del hombre), de 1791, previó de muchas maneras el desarrollo más sistemático de la visión no restringida por parte de Godwin dos años después. Rousseau fue tal vez el más célebre de quienes defendieron el concepto de una naturaleza humana no inherentemente restringida a sus limitaciones existentes, sino menguada y corrompida por las instituciones sociales; visión que también se encontró en otros filósofos franceses de esa era, especialmente el político revolucionario Condorcet y el barón D'Holbach, entre otros. En el siglo XIX, John Stuart Mill dijo que "la actual educación detestable" y los "arreglos sociales detestables" eran "el único obstáculo real" para alcanzar la felicidad general entre los seres humanos.
Gran parte del socialismo del siglo XIX y del liberalismo del siglo XX se levanta sobre estos cimientos, modificados y variables en grado, y aplicados a áreas tan disímiles como la educación, la guerra y la justicia criminal. El marxismo era un híbrido especial que aplicaba una visión restringida a gran parte del pasado y una visión no restringida a gran parte del futuro.
Los grandes males del mundo -la guerra, la pobreza y el crimen, por ejemplo- son vistos en términos completamente diferentes por quienes tienen una u otra visión. Si las opciones humanas no están inherentemente restringidas, entonces la presencia de tan repugnantes y desastrosos fenómenos prácticamente pide a gritos una explicación, y soluciones. Pero si las limitaciones y pasiones del hombre mismo son la causa fundamental de estos dolorosos fenómenos, entonces lo que requiere explicación son las maneras en que han sido evitados o minimizados. Mientras los adeptos de la visión no restringida buscan las causas especiales de la guerra, la pobreza y el crimen, los adeptos de la visión restringida buscan las causas especiales de la paz, la riqueza o una sociedad respetuosa de las leyes. En la visión no restringida, no existen motivos insuperables para los males sociales y, por lo tanto, razón alguna por la que no puedan resolverse mediante un compromiso moral suficiente. Pero en la restringida, cualesquiera ardides o estrategias que restringen o mejoren los males sociales inherentes tendrán a su vez costos, algunos en forma de otros males sociales creados por estas instituciones civilizadoras, de suerte que lo único posible es una compensación prudente.
Las dos grandes revoluciones del siglo XVIII -en Francia y en los Estados Unidos- pueden verse como aplicaciones de estas distintas visiones. Las premisas subyacentes de la revolución francesa reflejaron con mayor claridad la visión no restringida del hombre que predominaba entre sus líderes. Los cimientos intelectuales de la guerra norteamericana de independencia eran más rígidos. Si bien incluían a hombres como Thomas Paine y Thomas Jefferson, cuyo pensamiento era similar en muchos aspectos al que existía en Francia, también comprendían, como influencia dominante sobre la Constitución, la clásica visión restringida del hombre expresada en The Federalist Papers. .
La Constitución de los Estados Unidos, con su complicado sistema de controles y equilibrios, reflejó claramente la idea de que a nadie podía confiársele completamente el poder. Ésto contrastó fuertemente con la revolución francesa, que dio poderes muy amplios, incluido el poder de vida y muerte, a los que hablaban en nombre del "pueblo". Para los federalistas el mal era inherente al hombre, y las instituciones constituían tan sólo maneras de hacerle frente. En The Federalist Papers se dijo: "¿Por qué se instituyó el gobierno? Porque las pasiones de los hombres no acatarán los dictados de la razón y la justicia sin restricción".
La visión restringida es una visión trágica de la condición humana. La no restringida es una visión moral de las intenciones humanas, que se perciben como decisivas a final de cuentas. La visión no restringida promueve la búsqueda de los ideales más elevados y las mejores soluciones. En comparación, la restringida ve lo mejor como enemigo de lo bueno; el vano intento por alcanzar lo inalcanzable se considera no sólo futil sino a menudo contraproducente, pues los mismos esfuerzos podrían haber producido una compensación viable y benéfica. Adam Smith aplicó éste razonamiento no sólo a la economía sino también a la moralidad y la política. El reformador prudente, según Smith, respetará "los hábitos y prejuicios confirmados de la gente", y cuando no pueda definir lo que es correcto, "no omitirá mejorar lo incorrecto". Su objetivo no es crear el ideal sino "establecer lo mejor que la gente pueda sobrellevar".
Pero Condorcet, al dar expresión a la visión no restringida, rechazó cualquier noción de que las leyes deben "cambiar con la temperatura y adaptarse a las estupideces adoptadas por cada pueblo". Así, juzgó a la revolución francesa superior a la norteamericana, pues "los principios de los que emanaron la constitución y las leyes de Francia eran más puros" y permitían "al pueblo ejercer su derecho soberano" sin restricción. En la visión restringida, los ideales se comparan con el costo de alcanzarlos. Pero en la restringida son preferibles todas las aproximaciones al ideal. Los costos son lamentables, pero en modo alguno decisivos.
A lo largo de los siglos, la importancia relativa de los costos
del proceso ha seguido representando la diferencia entre las visiones
restringida y no restringida. Los defensores modernos de las argucias
legales que permiten a los criminales escapar al castigo, que
declaran, "ese es el precio que pagamos por la libertad",
o los defensores de las revoluciones que dicen, "no se puede
hacer tortilla de huevos sin romper los cascarones", son
ejemplos contemporáneos de una visión restringida
que, históricamente, ha considerado secundarios los costos
del proceso. En el otro extremo del espectro filósofico
se encuentran los que, en esencia, repiten el punto de vista de
Adam Smith sobre dichos costos: "La paz y el orden de la
sociedad son más importantes incluso que la reivindicación
de los miserables".
Dos conceptos de la naturaleza humana
Las visiones se basan en esencia en cierto sentido de la naturaleza del hombre; no sólo en sus prácticas actuales sino en su potencial y limitaciones últimos. Adam Smith y William Godwin son dos de los más claros y congruentes ejemplos de las visiones restringida y no restringida. Sin embargo, no fueron los primeros ni los últimos en éstas dos largas tradiciones del pensamiento social. Cuando Rousseau dijo que el hombre "nace libre" pero "se halla encadenado por doquier", expresó la esencia de la visión no restringida, en que el problema fundamental no es la naturaleza ni el hombre sino las instituciones. La visión diametralmente opuesta fue presentada en el Leviathan de Hobbes, donde el poderío armado de las instituciones políticas era lo único que evitaba la guerra de cada uno contra todos que de otro modo existiría entre los hombres en su estado natural, en que la vida sería "solitaria, pobre, sórdida, bestial y breve".
Dadas las capacidades más amplias del hombre en la visión no restringida, las intenciones que guían esas capacidades son especialmente importantes. Las palabras y los conceptos que giran en torno a la intención -sinceridad, compromiso, dedicación- han sido básicos en la visión no restringida durante siglos. Pero en la visión restringida, en que la capacidad del hombre para consumar directamente sus intenciones es muy limitada, éstas significan mucho menos. Los procesos sociales se describen no en términos de intenciones o metas finales, sino en términos de las características sistémicas que se juzgan necesarias para contribuir a esos objetivos; por ejemplo, derechos dc propiedad, libre empresa o interpretación estricta de la Constitución.
Unida a la tradición de la visión no restringida se halla la convicción de que las decisiones insensatas o inmorales explican los males del mundo, y que la solución radica en políticas sociales más sabias o más morales o más humanitarias. La elaboración por Godwin de ésta visión no restringida retomó y sistematizó ideas semejantes encontradas entre muchos pensadores del siglo XVIII. Este enfoque general fue trasladado al siglo XIX, en forma que les eran peculiares, por Saint_Simon, Robert Owen, George Bernard Shaw y otros fabianos. Sus ecos en el siglo XX se encuentran en teóricos políticos como Harold Laski, en economistas como Thorstein Veblen y John Kenneth Galbraith y en el campo del derecho con toda una escuela de defensores del activismo judicial, representados por Ronald Dworkin en la teoría y Earl Warren en la práctica.
En contraste, la visión restringida considera que los males del mundo se derivan de las limitadas y desafortunadas opciones disponibles, dadas las limitaciones morales e intelectuales inherentes a los seres humanos. Para la superación de estos males y el fomento del progreso, confían en las características sistémicas de ciertos procesos sociales como las tradiciones morales, el mercado, o las familias. Piensan que estos procesos son resultado de una evolución y no de un designio, y confían en estas pautas generales de interacción social más que en una política específica concebida para producir directamente resultados particulares para individuos y grupos particulares. Ésta visión restringida de las capacidades humanas que vemos en Adam Smith se encuentra también en una larga serie de otros pensadores sociales, desde los autores de The Federalist Papers entre los contemporáneos de Smith, hasta figuras tales como Oliver Wendell Holmes en derecho, Milton Friedman en economía y Friedrich A. Hayek en teoría social general.
No todos los pensadores sociales encajan en esta dicotomía
esquemática; ejemplos de ello son John Stuart Mill y Karl
Marx. Otros toman posiciones intermedias entre las dos visiones,
o se convierten de una a la otra. Sin embargo, el conflicto de
visiones no es menos real porque no todos hayan tomado partido
o se hayan comprometido irrevocablemente.
Resumen y conclusiones
Tanto la visión restringida como la no restringida se preocupan a final de cuentas por los resultados sociales. La segunda busca alcanzar directamente esos resultados por la vía social; es decir, mediante decisiones colectivas que prescriban los resultados deseados. La primera considera que ningún conjunto manejable de personas encargadas de la toma de decisiones es capaz de reunir !os conocimientos necesarios, o concentrar el poder suficiente -lo que resulta peligroso- para llevar a cabo dichas decisiones, incluso si esto fuera posible.
Existe una constante relación asimétrica entre las dos visiones basada en la calidad de su antagonismo. Cada una debe considerar equivocada a la otra, pero las razones de la "equivocación" son distintas. En la vision no restringida, en que el hombre puede dominar las complejidades sociales en forma suficiente para aplicar de modo directo la lógica y la moralidad del bien común, la presencia de personas sumamente instruidas e inteligentes que se oponen diametralmente a las políticas tendentes a ese bien común constituye o un enigma intelectual o una afrenta moral, o ambas cosas. Las imputaciones de mala fe, venalidad u otras deficiencias morales o intelectuales han sido mucho más comunes en las críticas que la visión no restringida hace a la restringida que viceversa. En la segunda, donde la capacidad del individuo para la toma directa de decisiones sociales es muy limitada, es mucho menos sorprendente que los que lo intenten fracasen, y por lo tanto mucho menos necesario determinar que el adversario "equivocado" tiene menor calidad moral o inteligencia que otros. Los que defienden la visión restringida tienden a referirse a sus adversarios como personas bien intencionadas pero equivocadas, o poco realistas en sus suposiciones, y es rara la insinuación de que se oponen deliberadamente al bien común o son demasiado estúpidas para reconocerlo.
Las dos visiones difieren no sólo en la forma en que perciben las distinciones entre ellas, sino también en la forma en que perciben las distinciones entre los individuos ordinarios y los que se hallan más adelantados intelectual o moralmente. En la visión no restringida, donde el potencial intelectual y moral del hombre rebasa enormemente los niveles actualmente observables en la población general, hay más lugar para la variación individual en el desempeño intelectual y moral que en la visión restringida, donde la élite y las masas están circunscritas a límites relativamente estrechos.
Las diferencias entre la élite moral_intelectual y las masas son vitales, especialmente para los modernos conflictos de visiones en torno al grado de la toma de decisiones por sustitución, ya sea por políticos, jueces o diversas agencias y comisiones. Para los que se adhieren a la visión no restringida, que piensan que el conocimiento y la razón se concentran en los que han avanzado más hacia el potencial último del hombre, la toma de decisiones por sustitución -la "planificación" económica, el activismo judicial, etcétera- es esencial. Estos reponsables sustitutos de la toma de decisiones deben tratar de influenciar de antemano y revisar posteriormente las decisiones tomadas por aquellos que tienen menor mérito en términos intelectuales o morales. Pero para los que se adhieren a la visión restringida, el conocimiento individual es tan vastamente insuficiente, en comparación con el conocimiento movilizado sistemáticamente a través de los mercados económicos, los valores tradicionales y otros procesos sociales, que los responsables sustitutos de la toma de decisiones en general y los jueces no elegidos en particular -deberían limitarse severamente a trazar las reglas que definen las fronteras de la discreción de otros, y no corregir tardíamente las decisiones ya tomadas dentro de esas fronteras.
Los conflictos de visiones afectan no sólo a cuestiones tan trascendentales y perdurables como la planificación económica versus el liberalismo, o el activismo judicial versus la limitación judicial, sino también a temas nuevos como las modalidades más efectivas para el desarrollo del Tercer Mundo, la "acción afirmativa" o el "valor comparable". En cada una de éstas controversias, las suposiciones de una visión conducen lógicamente a conclusiones opuestas a las de la otra. Todos estos temas de debate giran, a final de cuentas, en torno a si son capaces los responsables sustitutos de la toma de decisiones de ejercer mejor ésta función que los directamente interesados, y hasta que grado.
Las visiones ayudan a explicar las diferencias ideológicas, que naturalmente son sólo una fuente de diferencias políticas. Sin embargo, a la larga, estos conflictos ideológicos parecen modelar el curso general de las tendencias políticas tanto como las consideraciones políticas "prácticas" dominan los acontecimientos diarios. En un grado considerable, las presuposiciones ideológicas de los tiempos establecen los límites y la agenda que determinan lo que es factible, realista o imperativo para los políticos prácticos.
Desde luego, la lógica no es la única prueba de una teoría. La evidencia empírica es crucial intelectualmente, y sin embargo, históricamente, las visiones sociales han demostrado una capacidad notable para evadir, suprimir o justificar la evidencia discordante, a un grado no igualado por las teorías científicas. No obstante, en lo individual, los cambios de visión no han sido raros, y los sucesos históricos catastróficos han propiciado muchas conversiones tipo "el camino a Damasco". La visión híbrida del fascismo, proclamada como "la ola del futuro" hace sólo medio siglo, ha sido destruida por la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. En suma, la evidencia no deja de ser importante incluso para las visiones, aún históricamente, y, desde luego, es crucial desde el punto de vista lógico.
El énfasis en la lógica de una visión no niega en modo alguno que los factores emocionales o psicológicos, o un interés propio limitado, puedan explicar la atracción que sienten algunas personas por determinadas visiones. El caso es que la visión tiene una lógica y un impulso propios, que van más allá de las emociones o las intencioncs de sus seguidores en un momento dado. Además, los que son atraídos subsecuentemente a una visión particular pueden ser muy diferentes de los que son atraídos inicialmente, y pueden serlo por razones muy distintas, a medida que se manifiestan las consecuencias de esa visión.
Si bien las visiones chocan y despiertan emociones fuertes al hacerlo, el simple "ganar" no puede ser el objetivo final ni de la visión restringida ni de la no restringida, por mucho que ese objetivo preocupe a los políticos prácticos. El impulso moral que mueve a cada una de las visiones no puede ser abandonado por el afán de ganar, sin que la victoria resulte vacía.
Un análisis de las inferencias y la dinámica de las visiones puede aclarar los puntos sin que por ello decaiga el compromiso con la propia visión, aunque se comprenda que se trata de una visión y no de una verdad incontrovertible, una ley de hierro o un imperativo moral oscuro. El compromiso con una causa puede entrañar legítimamente sacrificios de intereses personales pero no sacrificios del intelecto o de la conciencia.