Fukuyama, Francis.
Entrando en la poshistoria.
Textual No. 9. Enero de 1990.


Entrando en la poshistoria

Parece estar próximo a cerrar el círculo el siglo que comenzó pleno de confianza en el triunfo decisivo de la democracia liberal de Occidente: no en un "fin de la ideología" o una convergencia entre el capitalismo y el socialismo, como se predijo en un principio, sino en una descarada victoria del liberalismo político y económico

El triunfo de Occidente, de la idea occidental, se evidencia primero en el agotamiento total de opciones sistemáticamente viables para el liberalismo. Ocurrieron cambios inequívocos en el clima intelectual de los dos países comunistas más grandes del mundo, y el inicio de significativos movimientos de reforma en ambos en la década pasada. Pero este fenómeno se extiende más allá de la alta política y también puede verse en la inevitable expansión de la cultura consumista occidental a contextos tan diversos como los mercados de campesinos y la omnipresencia de aparatos de T.V. a colores a lo largo y ancho de China, los restaurantes cooperativos y las tiendas de ropa que se abrieron en Moscú el año pasado; la aparición de Beethoven en las tiendas departamentales en Japón; y el disfrute del rock tanto en Praga como en Rangoon y Teherán.

Quizás seamos testigos no sólo del fin de la Guerra Fría o del término de un período específico de la historia de la posguerra, sino del fin de la historia como tal: es decir, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal de occidente como la forma definitiva de gobierno. Esto no quiere decir que ya no habrá sucesos que ocupen las páginas del resumen anual de relaciones internacionales en el Foreign Affair, ya que la victoria del liberalismo se ha llevado a cabo en mayor medida en el campo de las ideas o de la consciencia y todavía está por concluirse en el mundo real o material. Pero hay poderosas razones para creer que ese ideal tarde o temprano gobernará al mundo.

La historia finalizó en 1806

El historicismo de Hegel se ha convertido, para bien o para mal, en nuestro bagaje intelectual contemporáneo. La noción de que la humanidad ha progresado a través de una serie de estados de consciencia primitivos en su camino hacia el presente, y que esos estados corresponden a formas concretas de organización social como la tribal, la esclavista, la teocrática y, finalmente, las sociedades democráticas_igualitarias, se ha vuelto inseparable del conocimiento moderno del hombre. Hegel fue el primer filósofo en hablar en idioma de la ciencia social moderna, cuanto que el hombre era, para él, el producto de su medio histórico y social y no, como tempranamente lo creyeron los teóricos naturales, una reunión de atributos "naturales" más o menos ordenados. E1 dominio y la transformación del medio ambiente natural del hombre por medio de la aplicación de la ciencia y la tecnología no era, originalmente, un concepto marxista sino hegeliano. A diferencia de los historiadores posteriores, cuyo relativismo histórico degenero en un relativismo tout court, Hegel creía que la historia culminó en un momento absoluto -un momento en el que se irguió victoriosa una forma de Estado y de sociedad definitiva y racional.

Hegel proclamó el final de la historia en 1806, ya que anteriormente había visto en la derrota napoleónica de la monarquía prusiana, en la batalla de Jena, la victoria de los ideales de la Revolución Francesa, y la inminente universalización del Estado, que incorpora los principios de libertad e igualdad. No obstante los turbulentos sucesos del siguiente siglo y medio, yo sostendría que Hegel estuvo esencialmente en lo correcto. Para él, la batalla de Jena marcó el fin de la historia, porque fue en ese momento cuando la vanguardia de la humanidad (un término bastante familiar para los marxistas actualizó los principios de la Revolución Francesa. Cuanto que había mucho trabajo por hacer después de 1806 -abolir la esclavitud y la trata de esclavos; conceder derechos políticos a trabajadores, mujeres, negros y otras minorías raciales, etc.- los principios básicos del Estado democrático liberal no podían desarrollarse. Las dos guerras mundiales de este siglo y las consiguientes revoluciones y levantamientos tuvieron el efecto de extender esos principios espacialmente, por lo que las diversas provincias de la civilización fueron elevadas al nivel de sus mayores puestos de avanzada; y de obligar a aquellas sociedades de Europa y Norteamérica, a la vanguardia de la civilización, a instaurar su liberalismo de una forma más completa.

E1 Estado que emerge al final de la historia es liberal en cuanto que reconoce y protege por medio de un sistema legal, el derecho universal del hombre a la libertad; y es democrático en cuanto que existe sólo mediante el consentimiento de los gobernados. Este llamado "Estado homogéneo universal", que vislumbró Hegel, encontró un medio ambiente real en los países de Europa occidental de la posguerra -precisamente aquellos Estados blandos, prósperos, autosatisfechos, interiorizados y lánguidos, cuyo principal proyecto era algo tan heroico como la creación del Mercado Común. Pero esto era de esperarse, ya que la historia de la humanidad y el conflicto que la caracterizó estaba basado en la existencia de "contradicciones": la antigua exigencia del hombre por el mutuo reconocimiento, la dialéctica del amo y el esclavo, la transformación y el dominio de la naturaleza, la lucha por el reconocimiento universal de los derechos, y la dicotomía entre el proletariado y el capitalista. Pero en el Estado homogéneo universal, todas las contradicciones prioritarias están resueltas y todas las necesidades humanas satisfechas. No hay lucha o conflicto sobre temas "importantes", y en consecuencia, no hay necesidad de generales ni de hombres de Estado: lo que resta es fundamentalmente la actividad económica.

La poshistoria construida sobre el Mercado

Mientras la percepción humana del mundo material se delinea mediante la consciencia histórica que tiene de él, el mundo material puede afectar claramente la factibilidad de un estado de consciencia particular. En especial, la abundancia espectacular de economías liberales avanzadas y la diversificación infinita de la cultura consumista, surgida de aquellas, parecen nutrir y preservar el liberalismo en la esfera política. Quiero evitar el determinismo materialista que dice que la economía liberal produce inevitablemente una política liberal, porque creo que la economía y la política presuponen un estado de consciencia autónomo que las hace posibles. Pero ese estado de consciencia, que permite el crecimiento del liberalismo, parece estabilizarse en la forma esperada al final de la historia, si está suscrita por la abundancia de una economía moderna de libre mercado. Podríamos resumir el contenido del Estado homogéneo universal como una democracia liberal en la esfera política combinada con un fácil acceso a las videorreproductoras y estéreos, en la esfera económica.

Persisten las fallas premodernas

Marx, hablando el idioma de Hegel, aseveró que la sociedad liberal presentaba una contradicción fundamental entre el trabajo y el capital que no podía resolverse dentro de su contexto. Esta contradicción ha constituido la mayor acusación contra el liberalismo desde entonces. Pero ciertamente el tema de las clases ha sido resuelto exitosamente en Occidente. El igualitarismo del moderno Estados Unidos representa un logro esencial de la sociedad sin clases que Marx ambicionaba. Esto no quiere decir que no existan ricos y pobres en Estados Unidos, o que la brecha que los separa no ha crecido en los ultimos años. Pero el origen de las causas de la desigualdad económica tiene menos que ver con la estructura legal y social subyacente a nuestra sociedad, que permanece fundamentalmente igualitaria y moderadamente redistributiva, que con las características culturales y sociales de los grupos que la conforman, que son el legado histórico de las condiciones premodernas. Así, la pobreza de los negros en Estados Unidos, por ejemplo, no es un producto inherente al liberalismo, sino "la herencia de la esclavitud y el racismo", que persistió mucho después de la abolición formal de la esclavitud.

Gorbachev y el Occidente superior

De ninguna manera se puede describir ahora a la Unión Soviética como un país liberal o democrático, ni me parece muy verosímil que la perestroika tenga tal éxito que se pueda pensar en describirla como tal en un futuro cercano. Pero al final de la historia no es necesario que todas las sociedades hayan tenido éxito en convertirse en sociedades liberales, solamente que lleven a término sus pretensiones ideológicas de representar formas de sociedad humana diferentes y elevadas. Y a este respecto creo que ha ocurrido algo muy importante en la Unión Soviética en años recientes: la ratificación de Gorbachev a las críticas al sistema soviético ha sido tan completa y devastadora que hay muy poca oportunidad de regresar de una manera sencilla al estalinismo o al brezhnevismo. Finalmente, Gorbachev ha permitido que la gente diga lo que ya habla comprendido desde hace muchos años, es decir, que los encantamientos mágicos del marxismo_leninismo carecían de sentido, que el socialismo soviético no era en absoluto superior a Occidente sino que, de hecho, era un fiasco monumental. La oposición conservadora en la U.R.S.S., que consiste en simples trabajadores temerosos del desempleo y la inflación, y de oficiales del partido con miedo a perder sus empleos y privilegios, es franco y quizá sea lo suficientemente fuerte como para obligar a la capitulación de Gorbachev en los próximos años. Pero lo que ambos grupos desean es la tradición, el orden, y la autoridad; no manifiestan un profundo compromiso con el marxismo_lenismo, excepto en que han invertido gran parte de sus vidas en él. La restauración de la autoridad en la Unión Soviética después del trabajo de demolición de Gorbachev, debe llevarse a cabo sobre las bases de una ideología nueva y vigorosa que aún no se percibe en el horizonte.

No hay alternativa universal

E1 fin del marxismo-leninismo, primero en China y después en la Unión Soviética, podría significar su extinción como una ideología viva de importancia histórica mundial. Habrá, durante un tiempo, algunos verdaderos creyentes aislados en lugares como Managua, Pyongyang, o Cambridge, Massachusetts; el hecho de que no hay ni un sólo país extenso en el cual sea de interés, destruye completamente sus pretensiones de estar a la vanguardia en la historia de la humanidad. Y la muerte de esta ideología implica el crecimiento del "mercado común" de las relaciones internacionales, y la disminución de la posibilidad de un conflicto a gran escala entre las naciones.

Esto no implica, de ningún modo, el fin de los conflictos internacionales per se, ya que el mundo, para entonces, estaría dividido en una parte histórica y otra parte poshistórica. Los conflictos entre las naciones todavía dentro de la historia y los Estados en los límites de ésta, podrían ser posibles aún. Habría un elevado y quizá creciente nivel de violencia étnica y nacionalista, ya que esos impulsos todavía no terminan de jugar su papel, incluso en algunas partes del mundo poshistórico. Los palestinos, kurdos, sikhs, católicos irlandeses y armenios seguirán teniendo sus diferencias no resueltas. Esto implica que el terrorismo y las guerras de liberación nacional continuarán siendo un asunto importante para la atención internacional. Pero el conflicto en gran escala debe comprometer a países extensos todavía atrapados en las garras de la historia, y ellos son precisamente los que parecen estar saliendo de la escena.