Ardón, Araceli.

"Historias íntimas de la casa de Don Eulogio."

Ediciones Vieria, S.A de C.V.

1998. Querétaro, Qro.


Araceli Ardón nació en San Miguel de Allende, Gto., en 1958. Ha radicado en Querétaro la mayor parte de su vida. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación, egresada del ITESM. Como docente, ha impartido redacción, español como segundo idioma y literatura. Editora y periodista, obtuvo el primer lugar del Premio Nacional Rosario Castellanos en 1988. Historias íntimas de la casa de Don Eulogio es su primera novela.

Varios años después de su muerte, vuelve don Eulogio a su casa, cambiando las vidas de sus descendientes con su sensibilidad de poeta, su voz ardiente y su sabiduría decantada y exquisita.
Los amores de don Eulogio tienen como marco la educación sentimental de una ciudad en el antiplano mexicano, que se acerca al final del milenio con un esplendoroso pasado virreinal, que testimonian monumentos históricos, conventos y casonas, cargados de secretos celosamente guardados.
La reflexión sobre el valor del patrimonio urbano se entrelaza con el gozo de la paternidad, los valores de las relaciones humanas y el amor, con todas sus contradicciones.

 

Capítulo I

Aquel día comenzó el milagro. Una mujer joven, sin quererlo, despertó a los fantasmas de la casa de don Eulogio y ellos, al cobrar nuevamente la vida etérea, bulliciosa y torpe de las ánimas sin sosiego, se encargaron de estremecer a los demás y trastornar a media ciudad.

Amaneció con frío y lluvia, por lo que el funeral de doña Elisa resultó mucho más solemne que lo previsto, y con un toque de película antigua. A primera hora la ciudad estaba envuelta en niebla, que se fue disipando mientras la llovizna lavaba suavemente los viejos muros de piedra. Días atrás, muy pocos sabían que doña Elisa se encontraba en el umbral de la muerte. Algunos de los asistentes al velorio habían recibido el mensaje por teléfono; otros habían ido impulsados por la sorpresa de encontrar en el diario el nombre de la hija del maestro, realzado en los grandes caracteres de las esquelas elegantes.

El obituario, redactado al vapor por el cronista municipal, que a la muerte de las celebridades escribía semblanzas cargadas de adjetivos, haciendo énfasis en su relación con los difuntos importantes, prácticamente no daba información sobre la dama aquella. Tres de los cuatro párrafos se referían a don Eulogio, padre de doña Elisa y fundador de la Facultad de Letras de la Universidad.

Al morir la única hija del literato, las añejas familias provincianas cumplieron con el último rito en honor de don Eulogio Márquez y de su esposa Isabel, una pianista acartonada. Elisa se había casado con Luis Herrera, un capitalino, más de tres décadas atrás; al irse de su terraño para establecer su domicilio en la metrópoli, se convirtió en una más de los cientos de inmigrantes que llegaron a aquel monstruo urbano para dejar atrás la historia, tradiciones y costumbres de sus lugares de origen. La muchachita de manos toscas y cuello ancho, que había heredado apenas un leve parecido hacia la madre de perfil clásico y huesos largos, o al padre de mirada inteligente y estatura sobresaliente, escogió como enamorado no a un abogado o a un profesor de literatura de entre los muchos discípulos de don Eulogio, sino a un vendedor de seguros venido de fuera, que para las amistades de su familia era una especie de embaucador con licencia y portafolios.

-Piénsalo bien, hijita. Si quieres, te ayudo a fugarte para escapar de Luis, y te vas a California, a vivir un tiempo entre bohemios. A tu espíritu le hace falta un poco de libertad-con el corazón en la mano, don Eulogio desplegaba las alas de la novia en ciernes, no bien se fueron los padres del prometido, la noche en que pidieron su mano.

-Papá, papito. Te quiero mucho-Elisa abrazó a don Eulogio y tomó la propuesta como una broma prenupcial- ¿Ya pensaste si vas a usar la corbata de moño gris perla, o prefieres la negra?-la muchacha retiró las últimas copas de los invitados, tarareando una canción de moda.

Al verla caminar hacia la cocina, don Eulogio pensó en una frase que había leído en inglés, muchos años atrás: tener un hijo es resignarse a que el corazón palpite fuera de tu cuerpo. Y se adentre en un cuerpo femenino, además. Con esfuerzo hizo, por vez primera en su vida, un inventario amoroso de los atributos físicos de su hija, que florecía en la frescura de los dieciocho años. La espalda era un triángulo que se reducía al llegar a la cintura, y que volvía a abrirse para formar las caderas, redondas y firmes; sus piernas descendían con gracia de líneas curvas hasta los tabillos delgados y tensos, acostumbrados a los zapatos altos, de tacón de aguja, que Elisa compraba en el tono exacto de la bolsa, los guantes, el monedero y el estuche de lentes para sol. Al girar para abrir la puerta, bajo sus hombros desnudos dejó entrever el contorno de dos senos jóvenes, altivos y tersos. Vestía un modelo strapless, de seda azul plúmbago, talle ceñido, cinturón ancho forrado de la misma tela y una falda de amplios vuelos de princesa. Don Eulogio imaginó las manos de Luis acariciando el torso breve de su niña, las sintió subir hacia el cuello y ya no quiso pensar más: un desgarramiento en el centro de su propia estructura lo hizo trastabillar, como si fuera una iglesia asolada por tropas enemigas, que hubieran atacado de frente el ciprés y al hacerlo la despojaran de su fuerza, su equilibrio vital, su orgullo.

Veinticinco años después de la boda, recién llegados de un viaje largamente prometido y organizado hasta el detalle, que abarcó una buena parte de los países mediterráneos y el Medio Oriente, el marido de Elisa sufrió un infarto que lo postró en cama por mes y medio, tiempo en el que dejó sus cuentas en claro: hizo venir a su secretaria y dos ayudantes, les explicó punto por punto las pólizas de sus principales clientes, hizo los últimos cambios a su testamento, dispuso que se vendieran los terrenos que no quería dejar a sus hijos por considerarlos inversiones más que herencia, soportó con dignidad los embates de las últimas tormentas de la sangre, que se revolvía extraviada en su ser adolorido, y expiró como había deseado siempre: en una habitación soleada, abierto el balcón a un jardín lleno de flores, con sus hijos al pie de la cama, la mujer deshecha en llanto y los hermanos en el vestívulo, formalmente vestidos, reunidos como siempre en las ceremonias de la vida y de la muerte.

Después del sepelio de su marido, doña Elisa regresó a su casa y la sintió ajena, como si llegara de visita. Sin su padre, que había regresado a su ciudad; sin los hijos, ya casados. En la quietud de la ausencia dominical de vecinos y sirvientes , la nueva vinda se tropezó consigo misma , se encontró torpe y vacía, se definió como una mujer sin atributos propios. Ella que había sido una cocinera apasionada, que había bordado sabanitas primorosas, que recaudaba más que ninguna voluntaria de la Cruz Roja, tuvo sin embargo la intuición suficiente para sentir que se acercaba la muerte a su casa tres días antes, cuando Luis entró en agonía. Sintió el frío aliento letal sobre los hombros, recorriendo sus brazos, punzando su corazón, y en un estremecimiento la dejó pasar.

Luego vino el miedo por el dinero. Luis había dejado la chequera en orden, las inversiones a plazo fijo, los gastos programados, pero Elisa se sentía incapaz de resolver una suma sencilla. Al terror de morir se añadía otro más estremecedor: vivir muchos años, enfermar gravemente, sufrir una larga agonía. ¿Quién pagaría todos esos gastos? ¿Cuánto costarían los análisis, las estancias en el hospital? Despidió a las dos sirvientas que eran toda su compañía, y se encerró a llorar sin lágrimas.

Una semana más tarde, se dio cuenta de que no soportaba ya la vastedad del hueco que dejaban las sábanas intocadas en la mitad de la cama, ni el silencio que le contestaba cuando alla, desprevenida, llamaba a Luis para preguntarle si ya quería bañarse, si tardaría macho tiempo en el estudio o cuando lo bascaba par toda la casa para advertirle que hacía frío, que se posiera suéter. Una mañana se encontró comiendo de pie junta a la estufa un par de huevos fritos que tomaba directamente del sartén, con un tenedor tembloroso. En ese momento salió de la cocina y a golpes eléctricos comenzó a empacar.

Doña Elisa decidió recuperar sus energías en la añorada casa paterna, en la vieja ciudad de su niñez. Con dos maletas que contenían lo más importante de su vida, hizo el viaje por ferrocarril, luchando contra la emoción dulce y nerviosa que se había instalado en su piel, como una jovencita que viaja para desposarse con un hombre al que apenas conoce. Luego de tres horas de viaje, al divisar la ciudad amada, no pudo contenerse y abrió las compuertas de su pecho: de su manantial interior fluyó a borbotones la nostalgia. Mientras sacaba un pañuelo para absorber las lágrimas, pasó por sus ojos la visión borrosa de un laberinto de calles sin encanto: cases pobres mezcladas con misceláneas establecidas en cuartuchos, talleres mecánicos, tortillerías, mercados improvisados en las aceras y una sucesión de seres humanos vestidos con trapos demasiado usados, que no tenían relación con los recuerdos que había atesorado durante tantos años. Se sintió traicionada por su propia memoria, ya no supo si el pasado era realmente el paraje suave que ella describía al hablar de su tierra y de su gente, o la antesala de esa realidad atroz que se metía par la ventanilla del vagón envuelta en olores de fritanga y el humo de la vieja máquina de tren.

Encontró a su padre, instalado en su viudez de varios años, menos encorvado de lo que imaginaba, sin pelo casi, reducido en los trajes de su madurez académica. Acompañado tan sólo par Juan Antonio, su chofer, en la estación don Eulogio se distinguía entre la gente que se apretujaba en la sala de espera: abrigo de casimir, sombrero de lana, bastón de madera, y su incontundible olor a lavanda que anunciaba pulcritud, mejillas bien rasuradas y cuellos almidonados. Al recibr a su hija, sus labios sonrieron bajo la sombra de los ojos tristes.

-Hijita, qué gusto verte-la voz salió apenas, fracturada por la sequedad polvorienta de los pulmones del maestro.

-Papito-el beso en la frente, el abrazo pleno, los mismos gestos de toda la vida, borraron los años de separación.

En el auto, camino a casa, doña Elisa comprendió que su padre y ella tendrían que iniciar una relación distinta mezcla de amistad y compasión mutua. E1 viudo vivía en compañía de la vieja indígena que había sido cocinera de doña Isabel y nana de Elisa. Don Eulogio había convertido la opulencia de que gozó en otros tiempos en una existencia austera, solitaria. Los muebles parecían más pequeños, sus barnices se veían opacos y las telas comenzaban a desprenderse. La fuente al centro del patio era símbolo fiel del abandono: el surtidor estaba inservible desde hacía una década el fondo del tazón lucía un terciopelo verde del musgo nacido de las lluvias, y sobre el agua estancada se reflejaba como en espejo, un muro cansado de la vida. Una hoja de fresno voló cerca de doña Elisa, planeó como si fuera un avión de papel hecho por sus nietos, y al final de su aventura se detuvo, ingrávida, sobre el agua mancillada de tierra, cadáveres de insectos y restos de vegetación.

Luego de comprobar el escaso inventario de la despensa y la marchita presencia de las plantas que trepaban a las paredes, la nueva señora de la casa, contra la férrea voluntad de su padre, despidió a la sirvienta con una magra pensión, para que regresara con los suyos. Para enfrentarla, Trini tuvo que hacer acopio de todo su valor, casi sesenta años después de haber llegado a sus vidas y servirles en silencio, entregada por completo a quienes más tarde convirtió en su familia sin siquiera poder decirlo.

-Doña Elisa, si no tiene para pagarme, con que me deje vivir con ustedes basta.

En sus ojos grises había la fuerza de una tormenta. Mirada de relámpago, rayos que surcaban el cielo de un alma que con dificultad pertenecía al cuerpo que la albergaba, de tanto ser ajena, de tanto vivir para otros. Trini había recibido a Elisa con amor incondicional, la arrulló y cobijó con sus brazos fuertes de muchacha y había vivido con ella tan cerca como le permitía su situación. Había cambiado hacía años el tú por el usted: su niña adorada se convirtió en señorita Elisa al debutar la chica en sociedad, y en señora Elisa cuando la vio partir del brazo de su marido. Ahora que regresaba sola, sin su hombre ni sus hijos, era doña Elisa, el reemplazo de doña Isabel.

Don Eulogio se enfrentó con todas sus fuerzas a esa hija suya y terminó cediendo a un pacto aceptado a medias por ambos: Trini podría venir un rato por las mañanas, pues sólo ella sabía preparar la comida que lo había mantenido en pie durante los últimos ocho años. Doña Elisa se vendría a vivir con él, contrataría los servicios de dos empleadas uniformadas y pondría orden en la casa.

Doña Elisa y su padre estavieron juntos seis años más, día tras día de compartir tres comidas caseras preparadas por Trini, mañana tras mañana de seguir los mismos rituales: don Eulogio leía en la biblioteca, donde a veces recibía las visitas de sus antiguos discípulos; caminaba por el parque, cada vez con más dificultad, y era el invitado de honor en algunos actos de la universidad. Ya casi no escribía y la fuerza que lo había mantenido erguido en su soledad se estaba derrombando a pasos agigantados en compañía de la hija. Sin entusiasmo, con el débil argumento de que era lo mejor para los dos, poco a poco fueron acostumbrándose a tolerar sus manias, ella a soportar el olor a piel ajada de don Eulogio, tan hábilmente camuflado por el aura de loción; él a evadir el irremediable mal carácter de aquella mujer menopáusica en que se había convertido su niña. Ella aprendió a detectar los cambios de humor en aquel hombre que no era su marido. La intimidad entre ellos se volvió un territorio atravesado por un alambre de púas, pues tampoco era su hijo, aunque ella le hiciera comer a la fuerza, y él obedeciera rezongando como adolescente.

La convivencia sin embargo les fue dando espacios privados, donde coda uno podía refugiarse sin ser molestado. Las horas de silencio se fueron hacienda largas; par las tardes, mientras el maestro leía entre golpes de sueño con la puerta cerrada, su hija hacía siesta, rezaba el rosario o veía la televisión. La única persona feliz en la casa era Trini, que desde la llegada de la señora había sentido de nuevo el impulso de vivir y se esmeraba en tener la cocina limpia, ademas de supervsar a las sirvientas para que mantuvieran las macetas alegres y la ropa bien planchada. El chafer renunció porque doña Elisa, además de su viaje semanal al mercado y esporádicas visitas a sus parientes, no necesitaba de sus servicios y decidió emplearlo en tareas menos gratas que manejar el viejo Ford, siempre reluciente. El día en que Juan Antonio se encontró con el uniforme salpicado de agues negras, tratando de destapar el excusado de la planta baja, dejó en el baño un desastre de plomería y sobre el carro una carta con su renuncia.

A veces, doña Elisa encontraba a la nana atendiendo a su padre, y un sentimiento contrario a la caridad más elemental se apoderaba de alla: ¿qué tenía de malo que aquella pobre vieja, al servicio de su familia por más de medio siglo, sobara los cansados pies del padre, le ayudara a vestirse, le llevara una taza de atole caliente en las tardes frías? ¿Por qué? le causaba desasosiego la naturalidad con la que se trataban, si ella misma se había sentido aliviada, a la muerte de doña Isabel, de saber que don Eulogio no quedaba solo, que tenía a Trini a su lado? El mismo cariño que la nana le profesara a alla, la solicitud con que atendía sus peticiones, la suavidad de sus movimientos para no hacer ruido mientras ella descansaba, la irritaban sin razón. Una voz interior le reclamaba estos sentimientos absurdos; el sentido común le indicaba que Trini no había hecho nunca nada malo, que en todo caso no era sine víctima de las circunstancias, que la habían llevado casi niña a esa casa para servir a seres extraños, con sumisión, paciencia y muda aceptación de su ser inferior. Sin embargo, la zozobra nunca se fue del todo, permaneció al acecho en un rincón de la mente de Elisa.

Por aquellos días, don Eulogio recibió una medalla, de manos del presidente de la república, por toda una vida dedicada a las artes. Doña Elisa ocupó el lugar de honor en todas las ceremonias dedicadas a su padre, pero entre tantos funcionarios, escritores, profesores de la universidad y gente notable, ella y sus hijos pasaron desapercibidos. Luego murió el escritor y doña Elisa fue perdiendo de a poco el anhelo de vivir. Regresó a su casa en la capital y la sintió menos suya que nunca. Volvió a la casa de don Eulogio y esta vez no tuvo fuerzas para despedir a Trini, quien la atendía como siempre a pesar de sus desdenes, y se mostraba milagrosamente entera a sus años. Cuando Rosario, su hija, se vino a vivir cerca de alla, ya muy poca gente frecuentaba a doña Elisa. Muchos no se volvieron a acordar de su existencia hasta el día de su muerte.

De regreso del hospital, mientras el cuerpo de doña Elisa era colocado entre flores y cirios, Rosario se regaló un baño largo y caliente antes de ir a la funeraria. Sabía que ella y su hermano serían escudriñados ávidamente por los asistentes al velorio. Casi no los conocían en la cindad de sus antopasados, pues habían crecido en la capital y sólo en vacaciones habían convivido con los parientes de su madre; ahora que doña Elisa descansaba en su atand, ellos perdían la mano protectora que los auxiliaba siempre al enfrentar a la tribu familiar: hijita, dale un beso a tu tío Rodrigo, es mi primo y de chiquillos nos queríamos macho. Alberto, ve a jugar con tus primos, los hijos de Amelia. Si se portan bien, los llevamos a comer helados.

Al llegar a la capilla donde estaban velando a doña Elisa, Rosario se abrazó a Francisco y sufrió el primer acceso de llanto. Cuando por fin pudo levantar el rostro, hundido en el abrigo de su marido, se encontró con los ojos profundos de Trini, quien la tomó de la mano, la llevó a una sala aparte la consoló como cuando era bebé y le dio una infusión de hierbas.

-Mi niña, tienes que ser fuerte. No puedes hacerles desaire a los señores que vinieron a consolarte.

Entre sollozos, Rosario identificó en la ropa de Trini la textura y el aroma del jardín de su niñez, y se sintió invadida por una oleada de ternura; se dejó reconfortar por esa mujer de piel dulce con el pelo coronado de rocío, de manos firmes y regazo cálido. Doña Elisa estaba muerta, así que no podría impedirle amar a la vieja nana y abrazarla a placer. Trini le ayudó a ajustarse el traje sastre, enderezar el hilo de perlas, recuperar la compostura, caminar erguida y regresar a la capilla ardiente, donde se hizo un sordo silencio en torno a la nieta de don Eulogio. Trini siguió atendiendo a los asistentes, impulsada por un sentido del deber superior a sus fuerzas, convertida en un ángel con las alas camufladas por un chal oscuro, que se deslizaba mientras servía café y té, llevaba a las señoras a la sala y tenía listo lo necesario para los rezos, convertido su dolor en una llama que la consumía por entero, que apagó la luz de su mirada y la hizo envejecer en una noche lo que el tiempo no logró en décadas. Velar el cuerpo de su niña fue la prueba más grande que el Todopoderoso le exigió jamás. Ella la cumplió con creces, y mientras multiplicaba su presencia para que el funeral fuera un gran homenaje a Elisa y a su padre, la savia que nutría su cuerpo fue secándose, dejando en luger de aquel tronco firme un pedazo de madera carcomida.

Rosario vivía en la ciudad desde hacía varies mesas, con Francisco y sus tres hijos. En los mementos decisivos del funeral, el matrimonio acató la determinación de doña Elisa: que la incineraran en el nuevo cementerio. Como su esposo trace años atrás, Elisa tuvo la precaución de dejarlo todo arreglado para su muerte: quería que la cremaran para burlar a los gusanos y la podredumbre de las tumbas. Pidió a sus hijos que siguieran siendo gente buena, que cuidaran de los nietos, que se dividieran los bienes: la casa de México para Alberto, los locales comerciales para Rosario; los muebles para Alberto, las joyas para Rosario. En medio de sus dolores, aclaró la posesión de la última propiedad: la casa de don Eulogio. Un sábado por la mañana, amigablemente, los hijos acordaron frente a ella, que apenas los escuchaba tras los furiosos latidos de un corazón descarrilado, que Rosario cedería a su hermano los tres espacios para oficinas a cambio de algunos muebles antiguos que habían sido del vendedor de seguros, y la completa posesión de la casa del literarío, con todo y la biblioteca de cinco mil volúmenes. Doña Elisa les hizo abrazarse y darse besos en las mejillas, para ester segura de que entre ellos no habría resentimientos. Luego se perdió en un enredo de sondas de sangre y pantallas azules que dibujaban los movimientos del músculo cardiaco, desnuda salvo la bata de hospital, y comenzó a morirse.

Toda la noche estuvieron los dos hermanos en la confortable salita de velación; el rector de la universidad y su carte de funcionarios hicieron una breve guardia rodeando al féretro, cumpliendo incómodos con el rito mortuorio de una señora cuya vida no podo serles más indiferente. Luego se concentraron en un rincón a hablar de política, tomar café y comer bocadillos. Francisco ahuyentó con su mirada a dos vecinas del barrio que se dejaron llevar por lo sabroso de la plática e invadieron con sus risas indiscretas y vulgares el respetuoso cuchicheo de los demás. Las Mendoza, en medio de su tristeza, comentaban sucesos ocurridos largo tiempo atrás; en su luger se había detenido el tiempo, y al conjuro de su charla volvían a vivir don Eulogio y doña Isabel como si hubieran llegado a reunirse con los amigos, presentándose como ellos eran: elegantes y decididos, tomados del brazo y folices, unidos par un lazo casi visible. Aquella pareja había dejado a su paso la huella que imprimen los nimbados por la claridad de su inteligencia, la superioridad de su espíritu y la sensibilidad de su alma. Elisa había partido para ester con ellos, pero en su muerte ocuparía, como en vida, apenas un sitio entre los artistas que le habían dado su nombre y apellidos.

Los parientes con más años a cuestas se fueron a dormir y los demás los siguieron poco a poco; como fantasmas oscuros se deslizaron por las calles, sus pesos resonando apenas en los adoquines de piedra rosada.

-Rosario, hija, ¿se te ofrece algo?-preguntaron las Mendoza con su voz cascada, plena de cariño, envueltas en suéteres gruesos, cubiertos los chongos de pelo gris con mantillas de encaje, mientras recogían su libro de oraciones y su cirio bendito, el que habían dispuesto para velarlas a ellas cuando se fueran al cielo.

-Yo las llevo, tías, qué taxi ni qué nada-Francisco les ofreció su brazo de caballero, y las viejas no pudieron menos que admirar su apostura varonil. Aspiraron su aroma a hombre limpio, se dejaron conducir con suavidad, una a coda lado de aquel torso firme vestido de paño negro, y por un instante la emoción desplazó a la tristeza: salieron de la funeraria, al filo de la medianoche, como quien sale de un baíle.

Cerca de la madrugada sólo quedaban Trini, Rosario y Francisco, Alberto y su esposa María. Los niños de ambas parejas permanecían al margen, en la casa de Rosario, tumbados sobre la alfombra y metidos a medias en sacos de dormir. Sabían que la abuela estaba muerta y que ese acontecimiento debía ponerlos tristes, pero les ganaba la felicidad de ester juntos, sin padres a la vista, con su permiso tácito para hacer travesuras y ver televisión haste horas prohibidas.

Por la mañana se ofició una misa concelebrada de cuerpo presente. Los sacerdotes habían sido alumnos de don Eulogio, quien jugó siempre a servir a Dios y al diablo, pues de las clases en la universidad pasaba a las aulas del seminario, contrataba como profesores de la facultad a sus amigos curas y hacía que los estudiantes les llamaran maestros, seguido el nombramiento por sus nombres de pila. Sabía que el laicismo de la universidad era una convención en la que nadie creía, y tenía lista una serie de rezones para justificar la elección de los filósofos religiosos, pero no pudo usarlas a su favor en ningún juicio, pues los rectores nunca objetaron sus decisiones.

Al término de la ceremonia fúnebre, salieron los ministros a despedirse de la familia, y sólo el Padre José Luis los quiso acompañar hasta el camposanto. Por su parte, el Padre Aniceto Chávez le había advertido a Rosario que no iría, cuando le proporcionó a su madre los auxilios espirituales para bien morir.

-Sólo recuerda, hija, que la Iglesia ha aceptado a últimas fechas la cremación, pero no la recomienda. El cuerpo debe descansar en tierra santa, para que su alma se encuentre con el Creador-el sacerdote la miró desde su altura eclesiástica, percibiendo de reojo la reacción de los demás.

Rosario escuchó sin replicar, pero decidió seguir las instrucciones de su madre.

Llegaron al cementerio, una enorme colina de césped en las afueras de la ciudad, diseñada con mayor apego a la tradición norteamericana que a la española, y que carecía de los cristos, ángeles y vírgenes que acompañaban a los muertos del viejo panteón. La concurrencia se redujo considerablemente a la hora de descender el hermoso ataúd de roble hasta el crematorio. La llovizna se hizo aún más tenue y el sol se empeñó en salir de la cortina de nubes, pero la ropa de los asistentes seguía perlada de gotas diminutas, y el frío se colaba par todas partes. Era la mitad del invierno y los prados estaban sin flores. Luego de escuchar las últimas oraciones, los hijos de doña Elisa despidierón a sus familiares y se turnaron para acompañar al cadáver; Alberto esperó primero, mientras Rosario iba a la casa a comer algo, atender a las visitas que habían venido al funeral, y ester con los chiquillos. Más tarde, ella quiso efectuar sola las últimas diligencias, firmar el documento para obsequiar la caja al asilo de ancianos y recibir la urna de mármol con dos bolsas plásticas llenas de ceniza. Una tercera bolsa, pequeñita, contenía el resto. Al realizer estos trámites, el sueño y el cansancio se le borraron por minutes, vencidos par la tristeza de la orfandad. A ratos, una rabia sorda crecía en su interior, luego se transformaba en energía rebelde. Poseída por esta fuerza, no manejó de regreso a la casa que compartía con su marido y sus hijos, donde la esperaban los parientes y sus amigos, que habían viajado para ester con ella. Rosario se encontró, sin darse cuenta del paso del tiempo, frente a la casa de don Eulogio. En el piso del automóvil dejó la urna, puso el paquete más chico en su propia bolsa de mano y se bajó del coche.

Al subir las escaleras que desembocaban en un pasillo de mármol, Rosario se estremeció, como en un sueño. Nunca había estado solo en esa casa. De niña, pasaba temporadas deliciosas en su huerta pródiga, donde tenía diez refugios para esconderse a leer. Junto al enorme pretil de ladrillos y talavera de la cocina, antes de casarse aprendió de Trini a cocinar los guisos del altiplano, que habían dada tanto prestigio a los banquetes ofrecidos por doña Isabel, muchos años atrás.

Todavía se sentía la presencia de don Eulogio en el escritorio de la biblioteca; al pasar por la puerta abierta del cuarto repleto de libros, los ojos invisibles del viejo poeta la miraron con ternura. Rosario tuvo que alejarse de ellos y encerrarse en el costurero, sentada en el sillón alto junta a la ventana, para soltar las amarras de su tristeza. Pudo sentir claramente cómo se fue formando un nudo terrible que comenzaba en la garganta y se diluía en la boca del estómago. Un escalofrío recorrió sus brazos y se instaló por fin detrás del cuello, donde la nuca sostenía sin éxito una cabeza vencida por la pesadumbre. Se abrazó buscando retener el color de su cuerpo, que se escapaba no sólo por los pies helados sino por los pulmones llenos de agua. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para liberar el llanto, ella que se sentía tan fuerte, tan entera, la mayor parte del tiempo. Una voz interior le dijo que si no vivía esta pena en carne viva, la amargura se instalaría para siempre debajo de su pie. Había llegado el momento de tener misericordia de sí misma. No era sólo la pérdida de doña Elisa. Rosario lloró también por su padre, que se había ido con todo y su sentido práctico del mundo. Lloró por su abuelo sabio, cuya muerte había dejado un hueco imposible de llenar en el alma de la ciudad entera. Cuando se fue la abuela, ella tenía quince años y pasaba el verano como voluntaria en un campamento para niñas. Los ritos fúnebres y los días de duelo la habían despojado del resto de las vacaciones y Rosario odió el recuerdo de la vieja con quien tenía tan poco en común. Al morir don Eulogio, Rosario apenas pudo asistir al sepelio porque Jorge era un bebé de meses y ella estaba agotada par los desvelos y la lactancia. Ahora tenía que darse tiempo para sentir vivamente la desolación del que ve derrumbarse la barrera protectora de los mayores. Perder a su madre era soltar el hilo ascendente de la vida. Ahora, ella y su hermano estaban al frente, sin el consejo, el amor y la mano firme de quienes los habían traído al mundo. Su juventud era ilusoria: en la siguiente vuelta de los años se enfrentarían con la muerte cara a cara.

El cuarto donde estaba Rosario salió de pronto de la penumbra: la lluvia había cesado y un rayo de sol atravesó los visillos de encaje, pasó par la ranura que dejaban los postigos de madera, hizo un intento para entibiar el ambiente y comenzó una danza de polvo y bichitos que brillaron resplandecientes en la rebanada de luz. Rosario no pudo menos que levantarse del sillón para evitar su impacto en pleno rostro. Se dio cuenta entonces de que no se había desprendido del envoltorio plástico donde estaba la última porción del cuerpo de Elisa. Esa noche, en una misa especial, se abriría la cripta de la catedral para depositor la urna de los restos junta con los de don Eulogio y doña Isabel, cerrando así el ciclo familiar. Rosario caviló entonces qué hacer con el resto de la ceniza. La casa contestó a su pregunta. Entre sus paredes había transcurrido la infancia de su madre; la duela de las habitaciones había guiado sus primeros pasos y el balcón fue testigo y cómplice de la chica que asomaba a la calle de madrugada para ponerse de acuerdo con su enamorado y salir furtivamente a verlo antes de que despertaran los demás.

Rosario tomó una brizna de ceniza entre sus dedos, la dejó escurrir en el rayo de luz, donde se integró a las partículas de polvo danzarín y de ahí se esparció por encima de los muebles, como una delgada capa hecha del tiempo. Tomó otra y la derramó en el rincón, luego paso ceniza sobre las violetas africanas que alegraban el mueble de cedro con libros de aventuras y novelas románticas: la pequeña biblioteca de los niños y las mujeres. Salió al corredor y alimentó con la esencia de su madre a los helechos del pasillo, luego entró al baño y colocó un poco en la tina donde el cuerpo de Elisa fue adquiriendo formas de mujer. Bajó a la cocina y depositó un montoncito entre los carbones del horno de leña. Embriagada y feliz, compartió a Elisa con los habitantes transparentes de la casa: caras de otras épocas cuyo retrato envejecía en las paredes, encerrado entre vidrios y cartón amarillento. Sintiéndose niña otra vez, saboreó su travesura y al terminar de esparcir el polvo vital, esparcido como oro por todas partes, guardó en su cartera la balsa vacía.

Las parades se aclararon a medida que Rosario abría Las ventanas y dejaba que el sol entrara a evaporar el resto de la humedad, y pasaron vientos de renovación a ventilarlo todo. Elisa se quedó a cuidar la casa y devolverle el esplendor perdido, mientras su hija regresó a su propia morada, constroida par Francisco según el estilo contemporáneo, con apariencia rústica y columnas de cantera, bugambilias de colores estridentes y espacio para estacionar tres autos, amueblada con buen gusto y provista de todas las comodidades.

Para llegar al desarrollo residencial había que tomar la carretera; muchos de sus vecinos habían hecho un esfuerzo extraordinario para pagar esa exclusividad y alejamiento del casco antiguo, cuyas mansiones virreinales convivían con casuchas que apenas se mantenían en pie. Rosario miró con ojos nuevos la entrada de prados recién podados y macizos de flores que le daban la bienvenida ; se dio cuenta entonces de que su linda casa y las que la rodeaban, por más que lo intentaran, no lograban tener el auténtico señorío y la elegancia de la mansión de don Eulogio, y decidió que debía convencer a Francisco de restaurarla, acondicionarla y mudarse a ella. Con esa determinación se reunió con los suyos.

Al llegar, Rosario se encontró con su suegra en la coci-na: una mujer alta y fuerte, ojos claros y tez transparente bajo un pelo

que había sido un portento de rizos dorados y ahora era una suave madeja con mechones blancos.

-Qué bueno que llegaste. Mejor no vayas a la sala, porque te ves muy cansada. Sube a bañarte y cámbiate de ropa- el tono condescendiente que la señora Von Schleicher utilizaba para hablar con Rosario era el mismo que empleaba con los sirvientes, los empleados de las tiendas y los niños.

Rosario sentía que la presencia de la señora en su casa la empequeñecía a ella. Debajo de su apariencia cortés, su embeleso ante los pequeños y unas manos finas que arreglaban deslumbrantes jarrones de flores, la madre de Francisco sentía un sincero desprecio hacia la mayor parte de los seres humanos convencida de que los pobres no tenían otro destino que ser ignorantes, torpes y malolientes, nunca quiso participar en los organismos de beneficencia de sus amigos. A lo largo de tres décadas, había convertido su casa en un castillo limpio, con parades de colores pastel y un salón amplio, con dos sofás de tres plazas frente a frente, tapizados con tela resistente de facto de seda, del mismo color perla de las cortinas, acompañados de sillones antiguos con respaldo alto, mesas de cerezo color miel, lámparas de pie y ventanas que daban a un jardín de muros cubiertos de hiedra. Colecciones de cajas musicales, relojes de arena, obeliscos de distintos materiales, portarretratos de plata y serigrafías de pintores famosos daban el toque de clase a la estancia y los pasillos. Un discreto escritorio de cortina, con libros en alemán, objetos y fotografías del visionario abuelo trotamundos que había dejado las tierras y títulos a que tenía derecho, que se había embarcado como timonel y cruzado el mar para fundar el clan Von Schleicher en este país que lo recibió con los brazos abiertos, trasmitía a la familia el orgullo de pertenencia al grupo de trasterrados que había mantenido las costumbres del Viejo Mundo, con buen cuidado de no mezclarse con los nativos, hasta que Francisco se casó con Rosario.

Luego del gran terremoto ocurrido una década atrás, miles de familias capitalinas habían emigrado hacia los cuatro puntos cardinales, en busca de mejores oportunidades de trabajo, escuela y forma de vida. La herida que había desgajado la enorme ciudad, afectada en grandes zonas por la devastación que dejó a su paso miles de casas destrozadas, hizo que muchos regresaran adonde vivían sus antepasados donde todavía tenían lazos de sangre y de cariño.

Rosario y Francisco no pudieron salir de inmediato, él tenía varias obras en proceso, había vuelto a la universidad para especializarse en restauración, y la compañía en que trabajaba fue de las pocas afortunadas en vivir una expansión en medio de la crisis: tuvieron a su cargo la demolición de edificios resquebrajados, la construcción de casas para albergar a cientos de desamparados y la restauración de algunos de los monumentos coloniales que habían sufrido graves daños. Gracias a esa racha de buena suerte, pudo Rosario dar a luz a tres hijos en los mejores hospitales, pagar los servicios de una sirvienta y una cocinera de tiempo completo; compraron una vagoneta y un carro compacto, salían de vacaciones a la playa y parecían más felices que sus amigos y compañeros de universidad.

Charo, la mayor, tenía nueve años; era rubia con destellos rojizos en su pelo ensortijado que siempre estaba inquieto, escapándose de las trenzas con avidez de libertad; de piel clara y ojos castaños, se parecía mucho a la abuela Elisa especialmente cuando se sentaba al piano; había heredado la afición a la música de las mujeres de la familia aunque prefería el jazz y el rap, incomprensibles para los demás, completamente distintos a los conciertos clásicos que escuchaba Rosario o a las piezas corales en alemán que acompañaban a Francisco cuando trabajaba.

Paco era un chico suspicaz, sensible y de buena memoria para almacenar datos históricos y recordar detalles. Tenía siete años pero parecía mayor: alto y rubio, más desenvuelto de lo que había sido su padre a su edad. Su rostro comenzaba a definirse gracias a sus quijadas cuadradas, cejas pobladas y ojos grandes: dos canicas azules con un brillo de picardía.

Sobre la nariz, una constelación de pecas mantenían viva la infancia en un rostro a veces demasiado solemne.

El menor, Jorge, tenía ya seis años y todavía iba al kinder, y aunque se rebelaba al tratamiento de bebé que le prodigaban los hermanos, se valía de su condición de benjamín para escaparse de su madre y salir de paseo, visitar gente o ir de compras. Estaba enamorado de ella, lamentaba que estuviera casada con su papá porque de otra manera él sería su marido cuando fuera grande, quería dormir con ella, no separarse de ella aunque se divirtiera mucho en la escuela; seguía tomando leche todo el día pero de vez en vez hacía declaraciones de profeta. Jorge era físicamente distinto de los hermanos. Sus enormes ojos oscuros, casi negros, cautivaban desde una carita de piel de arena, con mejillas de manzana. Una mata de pelo castaño coronaba la redonda cabeza, colocada sobre un cuerpecillo esmirriado. Nació más pequeño que los mayores, y todo parecía indicar que siempre sería así. "Mi pequeño indio" le decía - Francisco. A Jorge le gustaba el apodo y contestaba con el salado de los pieles rojas de las series de vaqueros.

La inconforme era la señora Von Schleicher, quien deseaba para su hijo mayor el destino de médico que soñó para él desde que lo traía en el vientre: quería que Francisco fuera un doctor que siguiera los pasos de su padre, un cirujano afamado que permanecía en las fronteras de los avances quirúrgicos, dictaba cátedras a los especialistas, viajaba a otros países tres o cuatro veces al año, escribía en revistas médicas de reputación a prueba de dudas y conocía los restaurantes de moda en las ciudades más importantes del mundo.

Cuando Rosario bajó, quiso retomar las riendas de su casa pero su suegra había ordenado ya el horario de las comidas, reacomodado los muebles para hacer caber una mesa más, instalado a los niños en la terraza para que comieran tortas de queso y jamón, a las mujeres en la sala tomando jugos de frutas y a los hombres en el comedor compartiendo un aperitivo.

-Qué triste está tu cava, hijo-el doctor Von Schleicher llamaba cava a un estante de la alacena, donde Francisco y Rosaro guardaban unas quince botellas de vino recostadas, además de cuatro licores a media consumir. Antes de escoger un tinto para la comida, revisó con cuidado etiquetas, fechas y colores. Al final dio su diagnóstico, con cierto desprecio, como sopesando la mediocridad de los anfitriones- Nada extraordinario.

-No bebo mucho, papá, tú sabes-la incomodidad ruborizó a Francisco, cuyo rostro pálido se convertía en granate sin que él pudiera evitarlo pero sí sentirlo, aumentando su vergüenza, esta vez propiciada por el sentimiento anterior, en un ciclo terrible-Si quieren... pasen a la mesa, por favor-dijo en cuanto pudo retomar el control.

La tarde pasó suspendida en una nube triste. Al final del día, de regreso de la ceremonia en la catedral, refugiada en el baño, con los suegros en el hotel, las amigas de regreso a la capital y los niños dormidos, Rosario se sintió extenuada. Ahogó sus lamentos en la regadera, maldiciendo su debilidad para hacer frente a esa mujer temible, prometiéndose no volver a caer en sus redes, mientras el agua resbalaba por su cara, se llevaba las lágrimas al desagüe y, como sempre, la confortaba poco a poco. Entonces se acordó de la ceniza mágica y sintió que la casa de don Eulogio la estaba esperando.

Sin embargo, no fue Rosario la primera en disfrutar del nuevo espíritu de la casa, sino Maricruz Sánchez, la estrella de las telenovelas. Ella y Rosario habían sido compañeras en el colegio francés, cuando Maricruz no estaba estudiando en internados de España, Suiza o Canadá. Rosario había sido su mejor amiga porque las familias de las demás no toleraban su falta de disciplina: hija única de un director de orquesta y una actriz de teatro, la chiquilla tenía su propio auto desde los catorce años, no tenía a quién rendir cuentas porque los padres se pasaban media vida en giras artísticas, y sabía más de lo que correspondía a una adolescente mexicana de los años setenta. Sus grandes ojos azules estaban delineados par pestañas largas, rizadas y abundantes, por lo que su mirada era inolvidable y cautivaba a la gente. Las demás niñas de la escuela la envidiaban y rechazaban por partes iguales. Se rumoraba que invitaba a los profesores a su casa para seducirlos. Se decía que en algún internado europeo había aprendido a tener novios al mismo tiempo que novias, y que había vivido ya sus primeras experiencias sexuales. En eventos públicos, la chica saludaba de beso a los amigos de los padres, que incluían a políticos importantes, embajadores, músicos afamados y por supuesto actores de cine.

La cámara descendió lentamente, paladeando en su ojo circular de vidrio y metal el cuerpo de una mujer que maduraba sin que se notaran los estragos del tiempo, firmes los senos redondos, apenas cubierta su cima rosada con la falsa vegetación de un traje plástico que simulaba hiedra y flores silvestres. Luego de las primeras imágenes difuminadas para despertar la curiosidad del espectador, la visión se aclaraba para descubrir un brazo desnudo que se movía, sensual y espléndido, sobre un prado verde que se perdía en la distancia. La mano se levantaba hasta tocar el cuello y la cabeza, cubierta apenas por un enjambre de rizos castaños, enredados con margaritas y claveles diminutos. La protagonista se levantaba de su lecho vegetal en una danza suave marcada por el compás de un rock progresivo, líquido como llovizna, hecho de sonidos sintéticos, mientras el travieso encuadre se movía por la geografía suave y apetecible de aquella piel dorada, sin llegar a las zonas que diez mil televidentes atentos al aparato querían ver; volvía a bajar la lente al césped para luego subir por las piernas y al llegar a la cadera daba vuelta en un movimiento de música para encontrarse con la espalda, hacía suya la hendidura vertical que dibujaba apenas el contorno de la columna para subir a los hombros, cubiertos por el pelo cuajado de flores. Con ese fondo aparecían los títulos de la telenovela. Finalmente el director estuvo satisfecho con la cantidad de tomas, dio órdenes de llevarlas a la sala de edición y Maricruz, la actriz principal del melodrama que amenizaría las noches de tantos hogares carentes de magia propia, pudo ponerse una bata de folpa y tomar, en calma, un refresco helado sin calorías.

-Tenemos que editar con mucho cuidado, mujer, por todas partes se te ve la piel colgada-la voz de Flipper se entrecortaba, subía con un gritito escandalizado, bajaba hasta el susurro cómplice-es la última vez que te tomamos desnuda por la espalda.

Maricruz no respondió a la confidencia del camarógrafo, su único amigo fiel entre el grupo de hienas. Se despidió de él con un beso, le dijo dos o tres palabras amables, las que le gustaban al muchacho de rostro maquillado, de pelos color zanahoria aclarados y ensortijados con espumas químicas. Las imperfecciones del bello cuerpo femenino, que envejecía a pcsar de masajes, cremas, mascarillas, vendas, inyecciones, dietas, ejercicio y la ayuda invaluable de los cosméticos, eran el blanco de las miradas de jovencitas en pantalón vaquero, blusas diminutas y senos redondos como manzanas, que reunidas en racimos parecían ester por todos los rincones de la televisora. Subidas en tacones altos, envueltas en vestidos sin espalda, llegaban a los estudios dispuestas a lo que fuera necesario. Se acercaban a la diva con el pretexto de elogiarla, para en realidad espiar sus movimientos y aprender la modulación de su voz, imitar el estilo de su ropa, pedir lo mismo que ella entre tomas o en el almuerzo, y a medida que lograban imitarla, exigir poco a poco más derechos en los pasillos, hasta pasar frente a los despachos de los ejecutivos con cualquier pretexto, seguras de que en cualquier momento alguno de ellos caería en sus trampas de perfume y cinturas en flor.

Al llegar a su camerino recibió la llamada de María, la esposa de Alberto; con la voz entrecortada, le avisaba de la muerte de la madre de Rosario. Las tres mujeres habían sido amigas desde pequeñas. María además mantenía relaciones de trabajo con Maricruz, pues era modista en pequeña escala, y la actriz había tomado la determinación, desde la adoscencia, de que jamás usaría ropa hecha en líneas industriales sino sus propias creaciones. De cuando en cuando Maricruz se detenía en casa de María, quien tenía amenazados a los niños y a la empleada para que no dijeran a nadie quién era la mujer encerrada en la salita de abajo, donde se probaba trajes metálicos con flores y tules, pantalones de seda, perlas y tirantes, blusas transparentes con sostenes seductores y modelos diseñados par ella misma; María era el paño de lágrimas de Maricruz. Desde niñas habían decidido que la sensata era María, la audaz Maricruz y la romántica Rosario.

Al paso de los años, María se volvió más sensible y Maricruz envidiaba la paz doméstica de las otras dos, a ratos resignada y a ratos furiosa por no poder aspirar a un marido común y corriente, que cambiara las llantas del auto, le llevara el desayuno a la cama, le diera masaje por las noches y le perdonara dormir con camisones de franela y calcetas. Al recibir la noticia de que había muerto la madre de su amiga Maricruz pensó que era el momento de estar con ella y pasar unos días en paz antes de otra agobiadora grabación; no tenía pareja por el momento y los padres estaban lejos. Salió del pequeño refugio con su maleta, habló con su productor y dos horas después estaba en la carretera, acompañada sólo por Yolanda, su asistente.

Maricruz y Rosario llevaban vidas tan diferentes cuando eran compañeras en la escuela, que no habrían llegado a quererse tanto si no las uniera un secreto. Rosario cumplía nueve años y sus padres le permitieron invitar a diez amigos al espectáculo de patinadores sobre hielo; un martes, Luis Herrera regresó temprano para llevarla a las casas de las niñas, donde hablaba con sus padres prometiendo que se haría responsable de ellas. Al llegar a casa de Maricruz, un silencio aplastante los recibió en la enorme sala donde jugaba la niña, que había improvisado una casita de muñecas bajo el piano de cola. Una batuta que había costado una fortuna sostenía una toalla para formar una minúscula pared, separando así el mundo de fantasía de la regia decoración. Al recibir a su amigo y a su padre, emocionada y agradecida por la invitación, les pidió que esperaran mientras pasaba a la recámara de su mamá a pedir permiso. Rosario quiso conocer a la artista y sin pensarlo se fue detrás de la otra chiquilla, atravesó el pasillo y llegó al cuarto enmarcado por enormes cortinas de terciopelo, con una espectacular cama de estilo oriental y cabecera negra laqueada, de la que surgía un enorme dragón rojo tras los almobadones levantados y firmes. En un tono lo suficientemente alto como para que la escucharan desde la sala, Maricruz hablaba al vacío, no sólo con su propia voz solicitando ir con su amigo, sino imitando la voz de la madre para responder a las preguntas: un soliloquio genial, de cambio de tesituras estupendamente logrado, en el que doña Amparo Iturralde, la famosa actriz, se materializaba en el cuarto, pidiéndole a la hija información sobre la amiguita que la invitaba a su cumpleaños, exigiéndole buenas calificaciones como condición para ir y preguntando la hora exacta en que volvería a casa. Al terminar su actuación, Maricruz se dio la vuelta para encontrarse a Rosario que estaba estupefacta, paralizada en la puerta, sin atreverse a hacer ruido para no ser descubierta. Se vieron y de aquella mirada surgió su amistad eterna. No hubo necesidad de ponerse de acuerdo mientras regresaban a la sale.

-Dice mi mamá que muchas gracias por la invitación, señor.

-De nada, chiquita-contestó Luis Herrera sin sospechar la farsa.

Los niños la recibieron con alborozo porque estar con ella era vivir en fiesta: tía Maricruz traía dulces, piñatas, pasteles, juguectes y todos los cuentos y rompecabezas con que se compraba la ilusión de tener hijos; Rosario trataba de poner orden pero no podía ser inmune al hechizo de verla correr y retozar con los chicos como una más. La actriz disfrutaba inmensamente esos días de familia, vestida con ropa de mezclilla o trajes deportivos que apenas insinuaban su talle delgado y ondulante. Tenía una cintura mínima gracias a dietas terribles y dos horas de ejercicios cada día; a veces caía exhausta luego de largas sesiones de grabación y maquillaje, y debía hacer un esfuerzo extra para someterse a todos los cuidados de un ejército pagado por el canal de televisión que incluía masajistas, chicas que le depilaban con cera o cremas las piernas y las axilas, los brazos y la piel dorada del vientre, sobre la línea del bikini; tenía dos peluqueros que conservaban la permanente, los tintes y las luces en perfecto estado para que la cascade del pelo se mantuviera ideal al anunciar shampoos; cada semana se aparecía por el camerino una mujer experta en manicure con aspecto de pájaro triste que le arreglaba los pies y manos mientras le ponía al día en las vidas de otros artistas, deteniéndose en los detalles escalofriantes y perversos delLas relaciones entre vedettes y ejecutivos. A veces, al final de esas sesiones, Maricruz debía cenar con posibles patrocinadores, productores o guionistas, y en la madrugada un chofer la depositaba en la soledad impecable y ordenada de su condominio de lujo.

Yolanda bajó los bultos del carro pero un rato después volvió a subir las maletas. Maricruz hablaba en la cocina con su amiga.

-Quiero un hotelito discreto, un lugar donde nadie me reconozca, donde pueda descansar, tú debes conocer alguno

-Debiste llamar antes-Rosario trataba de ser firme, de hablar en forma tajante-. Si no quieres quedarte con nosotros, no tengo en este momento dónde hospedarte.

-Amiga, no quiero que tantos años de cariño se pierdan en una noche-Maricruz la enfrentó con su rostro sin maquillaje, con la vivacidad de sus ojos enormes-porque, bueno, no quiero que a tu marido se le metan ideas en la cabeza.

Rosario sabía que Francisco consideraba a Maricruz como parte de la familia. Lo había escochado despotricar contra los papeles que ella asumía en los teledramas; más de una vez dijo él entre amigos que la actriz, en persona, no era tan bella como en la pantalla, que al despojarse de sus atuendos teatrales se convertía en una mujer más, con sus defectos visibles, con sus arrebatos de humor. Pero las palabras de Maricruz calaron hondo en el alma de su amigo, sensible a las mínimas variantes en su entonación; pensó entonces que era cierto lo que había escuchado: el rostro de la televisión tenía un cuerpo con apetitos extraordinarios, que no sólo saciaba con compañeros de aculación, sino con hombres ajenos.

-Te quiero mucho, tú lo sabes, pero Francisco-comenzó a decir Maricruz, en tono bajo.

-Te ha insinuado algo, alguna vez?-la voz incrédula de

Rosario apenas podía contenerse.

-No, corazón.-Maricruz soltó la risa-La verdad es que no podría hacerte daño, ni creo que yo le guste a tu marido. Digamos mejor que me quiero esconder, estar unos días leyendo mi libreto, lejos de cierto político que me quiere comer y yo no quiero.-¿Dónde vivía tu mamá?

-La casa está vacía pero algo descuidada. No sé, necesitaría limpiarla.

-Estupendo. Voy a cambiarme de ropa; si quieres, pedimos pizzas o algo por teléfono, para que no cocines.

Las abuelas con insomnio, los niños pequeños, las solteras enamoradas y los frailes del covento fueron los primeros en darse cuenta de que las ánimas extraviadas que habían vivido en varias casas del rumbo estaban de regreso, buscando su lugar y tratando de expiar sus penas. Se metieron por las rendijas del sueño, se convirtieron en sombras y suspiros, pidieron auxilio, apagaron velas en la iglesia, descompusieron el reloj del campanario y finalmente lograron su cometido: Las hermanas de la vela perpetua elevaron sus oraciones por la paz de sus almas, el Padre José Luis celebró varias misas para su descanso eterno, algunos inconformes con la vida pidieron perdón por su soberbia y otros recordaron con estremecimiento que polvo somos y en polvo nos hemos de convertir.

Uno de los espíritus más hábiles para dejarse ver fue la monja vestida de blanco; no la linda religiosa con sonrisa de Gioconda y hábito bordado cuyo retrato de cuerpo entero había viajado a lejanas tierras en una magnífica muestra de nuestro arte a través de los siglos. Esta visión era de una abadesa regordeta, con toca color ostión y un tosco crucifijo sobre el pecho. Aunque en vida había sido superiora, no estaba conforme con su posición de ángel menor y había vuelto a buscar adeptos que intercedieran por ella ante sus santos predilectos para lograr otra jerarquía. No logró su cometido: era tan fastidiosa que lejos de rezar por su alma, quienes la vieron buscaron la manera de ahuyentarla. Se presentaba en los momentos más inoportunos, hacía ruido y no dejaba dormir. Ni siquiera muerta lograba despertar simpatías en los demás.

El día en que Maricruz llegó a la ciudad, la monja hizo intentos vanos por entrar a la casa de don Eulogio, pero entre las parades habían quedado atrapados sentimientos contradictorios que llenaban todos los huecos: el amor frustrado de una solterona que atravesaba la calle y se metía por los balcones se encontraba de lleno con la plenitud maternal de la mujer que había dada a luz en un cuarto trasero y que al contemplar a su hija lavó para siempre la desdicha de varias generaciones, diluyendo en la nada desventuras atrapadas en los rincones, lágrimas de niños tristes, suspiros de esposas incomprendidas y la eterna música de piano que servía de consuelo a una bellísima señora que nunca supo abrazar a los que quiso.

Rosario se fue en busca de Trini; tenía la dirección pero nunca había estado ahí. La casa estaba en pleno corazón del barrio de San Felipe. Al llegar, tuvo que esperar un rato en la calle, pues la chiquilla que entreabrió la puerta dijo que la llamaría, atravesó el largo corredor con plantas en latas de chiles y de conservas, y se perdió en el fondo de la casa de vecindad, donde vivían varias familias compartiendo un patio estrecho de tres niveles, miseria que aumentaba conforme se hundía en las profundidades de las viviendas. De aquellas puertas surgía de golpe el sofocante olor de las cocinas que en los primeros departamentos eran un cuartito aparte y en los últimos se improvisaban en un rincón de la habitación.

En el largo patio, tanques de gas y botes de basura delimitaban los espacios familiares; de las parades pendían sogas para sostener la ropa puesta al sol. En la reverberación del mediodía invernal, un tufo dulce brotaba del drenaje que se abría a flor de tierra por una alcantarilla, de los lavaderos del fondo escurría agua jabonosa que hacía un esfuerzo de espuma y fragancia para eliminar los olores de la pobreza. Tres muchachos de pelo sucio y engominado, arracadas en las orejas y ropa rasgada, llegaron a la casa provocando con su enorme grabadora un estruendo de rock que vino a competir con las cumbias y la música ranchera que ya se disputaban el aire comunitario. Rosario les pidió que llamaran a Trini. Ellos no contestaron, pero unos minutos más tarde salió, vestida de negro, envuelta en su rebozo y marcada por el dolor, la hermosa vieja que había ayudado a Rosario a enfrentar la muerte de Elisa.

-Mi niña, me acaban de decir que estabas aquí. ¿Qué se te ofrece?

-Vámonos, nana. Vamos a la casa de mis abuelos, ayúdame a limpiarla.

-Ay, hija, ya no puedo sola. Déjame decirle a Elvira que me acompañe.

Regresó Trini por su sobrina, trajo consigo dos envoltorios de periódicos con una muda de ropa, y en el trayecto escuchó a Rosario:

Vente a vivir de vuelta a la casa, nana. Yo no puedo hacerme cargo-se calló de golpe, pues la mirada de Trini le dijo, sin palabras y sin gestos, que no era prudente seguir hablando frente a su pariente.

Al llegar, las recibió el aroma del jazmín que comenzaba a renacer en la huerta; el horno de la cocina parecía revivir el color de otros tiempos, las parades se veían más iluminadas y toda la casa trasmitía paz. Trini suspiró y una expresión de dulzura se dibujó en su rostro de flor marchita. Elvira comenzó a barrer la planta baja, y Rosario llevó a la nana escaleras arriba:

-Tú instálate en la pieza de mi mamá, y arregla el cuarto de mi abuelo porque tengo una visita muy especial. Es mi amiga Maricruz, pero no se lo digas a nadie; viene con Yolanda, a ella ponla en el cuarto de la abuela.

Trini desenvolvió su ropa, se puso el delantal con un gesto automático, repetido miles de veces, esa mañana con una variante: la felicidad que estallaba en su pecho, robustecía su sangre y aclaraba sus pensamientos; ensayó una sonrisa que comenzó a borrar el color violeta de sus ojeras y con un abrazo agradeció a Rosario esta nueva oportunidad de vivir en la casa, pero se negó a dormir en la habitación de doña Elisa.

-Nana, hazme ese gusto. Quiero que estés cerca de Maricruz. ¿Cuánto necesitas para tus gastos?

Rosario regresó a su casa. Trini encargó a Elvira de la limpieza, salió de nuevo a la calle, atravesó la avenida y volvió al antiguo barrio de los indios, para empacar el resto de sus pertenencias, dejar su vivienda al cuidado de su hermana, recoger sus figuras religiosas y sus correspondientes veladoras. Más tarde salió al mercado, con una agilidad que a ella misma sorprendió, a comprar fruta, pan, leche y miel; además de escoger flores para la casa compró gladiolas para Santa Teresita del Niño Jesús, venerada en uno de los retablos del templo de La Piedad. Rezó conmovida de agradecimiento y alivio frente a su imagen milagrosa. Le prometió cuidar de Rosario, de su marido y sus chiquitos, de la amiga que salía en la tele y de todos los rincones de la casa. Le pidió su ayuda celestial y salió del templo con los animos renovados.

El jueves siguiente, a las diez de la mañana, llegó Rosario a la casa. Escuchó el canto de un canario silvestre recién llegado a la huerta, donde Trini había reacondicionado el comedero para pájaros; Elvira había lavado a conciencia la fuente y los adoquines de la acera, que ahora brillaban como canteras de ópalo. Yolanda estaba fuera, de compras, y el olor de la canela inundaba la cocina. Elvira devoraba unos huevos fritos con cebolla y un chile jalapeño que comía a mordiscos. Trini hacía tortillas a mano y, como siempre, se iluminaron sus ojos al ver a Rosario.

-Todavía no se levanta, hija. Déjala dormir.

Rosario tomó un café mientras Trini desayunaba, muy cerca una de la otra, hablando de los niños y del mercado, de la lluvia y de las hierbas de olor, frente a una mesa de madera limpia, recién encerada, enteramente guapa con su mantel blanco y su vajilla de porcelana, sus cubiertos pulidos y el pan de levadura horneado al tiempo de la primera luz del sol. La nana había sacado de los cajones todos los manteles y servilletas; junto con las cortinas y la ropa de cama, había hecho pequeñas montañas en el patio, para seleccionarlos, embadurnarlos de jabón de teja hervido; los había hecho refregar, desmanchar, enjuagar y vuelto a asolear. Con ayuda de Elvira, los había almidonado y planchado, remendado y doblado; los había dejado fragantes, orgullosos de su ser de percal y lino, de su alma de algodón, crochet y flores bordadas en punto de cruz.

Al terminar su café, Rosario se encaminó decidida a la planta alta. Encontró a Maricruz entre sábanas de lino y cojines blanquísimos, arropada por un cobertor de lana. La actriz despertó al escuchar a su amiga, le sonrió con los dientes perfectos que le enderezó un dentista texano, se hizo a un lado y le dejó la mitad de la cama francesa de latón. Rosario se sentó a hablar como lo hacían en vacaciones. Con el suave pelo sin peinar y la piel tersa, alejando con los brazos las telarañas de un sueño pacífico y pleno, el cuerpo de Maricruz exhalaba sensualidad.

-¿Por qué no me habías dicho que tu abuelo era poeta?

-Porque no me lo habías preguntado. ¿Te bañas mientras voy al súper, o te mueres de hambre?

-Preciosa, pasé la noche más increíble que te imagines-Maricruz se levantó, se puso una bata bordada y zapatos de tela acojinada-no me lo vas a creer.

Rosario la siguió al baño; aquel espacio íntimo de don Eulogio estaba lleno de lencería, perfumes, un espejo profesional con luces dominando la pared y frascos de sales aromáticas junta a la tina. Sólo el hermoso juego de instrumentos para afeitar permanecía encima de la losa del lavabo, para recordar a su antiguo dueño. Al fondo, en medio del vestidor donde colgaban todavía los trajes y las camisas del catedrático, estaba la última adquisición de Maricruz: un aparato modernísimo de gimnasio. La mujer se trenzó el pelo dorado y terminó de acicalarse.

-Fue maravilloso. Buscando un libro para leer en la noche, revisé en los cajones del escritorio-Rosario se estremeció ante el sacrilegio-y me encontré un libro de poemas, escrito a mano. ¿Por qué nunca los publicó?

-Sus razones tendría. No debiste...-la sorprendida voz de Rosario quiso ser admonitoria-deja en paz las cosas del abuelo.

-No, Linda. Déjame estar aquí unos días más- Maricruz la besó, convincente y coqueta-fue una experiencia alucinante. Me hizo pensar que yo era su musa, que hablaba de mí. No supe a qué hora me dormí, pero entre sueños lo oí llegar, sentí su cuerpo junta al mío, me abrazó con tanta ternura, me trató como a una dama.

Rosario se apartó incrédula. Maricruz le narró exaltada arrebatada de amor, la noche que había pasado junta al fantasma de don Eulogio. A través del tiempo, había confiado a su amigo todos sus intentos hechos a lo largo de casi dos décadas por alcanzar otro nivel de conciencia, otra profundidad de sensaciones; alejada de la cocaína que estimulaba a otros actores, sin dejarse atrapar por el alcohol cotidiano de sus compañeros por encontrarlo burdo y sin sustento filosófico, Maricruz se había entregado a la búsqueda de sí misma mediante el budismo zen, los viajes astrales, las enseñanzas de don Juan, el yoga y las regresiones hipnóticas a otras vidas, drogas de varios tipos y la culminación de las experiencias humanas: el viaje de peyote. En aquella ocasión, el hombre que vivía con ella, un antropólogo millonario dueño de una colección de arte prehispánico, a quien conoció en casa de un amigo, había conseguido ser aceptado en una peregrinación de indios huicholes hasta el santuario del desierto.

Mezclados con el grupo, caminaron durante dos días sin probar alimentos sólidos, preparándose en cuerpo y alma para la experiencia religiosa, y al comer de la planta sagrada Maricruz se liberó de su envoltura carnal para ser sólo espírtu. Pudo ver a sus hijos, pequeñas almas flotantes que apenas eran un proyecto de vida pero ya tenían nombre y expresión en el rostro. Tuvo momentos de terror, alcanzó alturas insospechadas y no quiso repetir el ritual nunca más. Más de cuarenta horas estuvo en contacto con los dioses prehispánicos, que al final la expulsaron de su edén.

Rosario vivía en constante preocupación por su amiga. Sabía que no podía devolverle la oportunidad de escoger una existencia simple de mujer y madre; era terrible tener que esconderla cuando su popularidad alcanzaba los grados máximos para que la artista no fuera identificada por la multitud enamorada del personaje o furiosa contra la villana; compartió en una ocasión la amenaza de muerte que le hiciera un poderoso traficante de narcóticos que la deseaba intensamente: la vio llegar desencajada, aquel lunes de madrugada, los ojos húmedos, la piyama todavía puesta bajo un abrigo viejo, en un taxi que logró, tras varias maniobras, esquivar el carro de los matones del galán frustrado.

-Por favor, Rosario, ayúdame-la visión de Maricruz indefensa, aterrorizada, se quedó para siempre en la memoria de la familia. Los criminales del mundo, los traficantes del infierno, que hasta entonces habían sido para ellos personajes de cuento, sin adquirir forma real, tenían ahora identidad, autos, armas, jueces comprados, redes de distribución del poder y el dinero. Por primera vez los Herrera sentían de manera tangible el miedo a la maldad. Afortunadamente nunca fueron descubiertos.

Maricruz se escondió en su casa, protegida con el camuflaje que era la vivienda de una familia de clase media alta, con un padre vendedor de seguros, una madre dedicada al hogar y dos hijos universitarios. Desde la sala de los Herrera hizo las denuncias de lo que había sufrido ante los agentes del Ministerio Público, en el despacho de don Luis recibió terapia y consuelo de su analista. Su amiga estuvo a su lado cuando ella despertaba temblorosa, sacudida por las pesadillas, que no acabaron siquiera cuando el capo apareció muerto, dos semanas después, tirado de bruces en un basurero, con ocho balazos incrustadas entre las costillas y un tiro de gracia. Lo hallaron los pepenadores, guiados por un escándalo de perros semisalvajes que le arrebataban la ropa ensangrentada.

Eso había sido antes. Ahora, Rosario no soportaba que la actriz hablara así de su abuelo.

-Fue maravilloso, de verdad, te agradezco tanto- Maricruz estaba todavía en el ensueño de su vivencia erótica-¿te enseño el libro?

Rosario negó con la cabeza. Cuando se fuera su amiga, a solas con el recuerdo de don Eulogio, leería los poemas. Bajaron a desayunar. Maricruz tenía esa mañana un apetito voraz, abrazaba a Trini y celebraba los tamales de carne y queso, el atole de vainilla, el pan crujiente, los frijoles cocidos en olla de barro, las salsas picantes hechas en molcajete, la mermelada y la crema fresca. A las tres de la tarde, en casa de Francisco y Rosario, una Maricruz bellísima, vistiendo un traje de encajes que se abrían en flor al llegar al cuello, hacía olvidar su arrebato pasional con el espíritu del abuelo, pero le pidió a sus amigos que la albergaran una semana más en la casa frente al parque.